jueves, 11 de diciembre de 2008

El sacrificio del arte

Traigo aquí un ensayo que me fue publicado en la revista universitaria, Diálogo (mayo). Si quieren una copia, todavía me quedan como tres.

El sacrificio del arte


En la instalación "Eres lo que lees", inaugurada en una sala de Managua en agosto del 2007, el artista costarricence Guillermo 'Habacuc' Vargas exhibió una obra llamada "Natividad". Natividad fue el nombre que Habacuc le dio a un perro realengo que seleccionó para que no sirviera de estorbo con su propia muerte. El nombre, tal vez, invocaría una infinita lista de metáforas secundarias y terciarias en el observador, con la ayuda de una culpa incombatible que entregaría a la audiencia para que tuviera efecto al salir de la sala. Este nombre no involucra memorias o sacrificios de una mascota domesticada, sino de un perro realengo que el artista mandó a dos niños a capturar, para que recordáramos de la forma más oscura cómo el hecho de la vida lleva eventualmente a la muerte. Natividad fue atado en la galería con una cadena para que completara mediante su desnutrición (hasta posiblemente la muerte por inanición) una obra que, hasta el momento, había logrado ser lo más impersonal posible en todo el procedimiento previo.
Para evitar que cualquier verdad humana innombrable se considere digna de repetición, hay que recordar el ambiente en el cual se produce, y las causas de ello. Esta obra se ejecutó desde la insaciabilidad de una pasión que se creía completa en su omnipotencia. De emoción tan franca, salen otras emociones igualmente verdaderas que probarán su existencia, pero no su necesidad de existencia, verdades que nunca deberían actualizarse. De otro lado, la obra no logra emociones efectivas. Lo logra Natividad.

Esclareceré una diferencia entre el arte y lo innombrable, que artistas como Guillermo Habacuc han ignorado con una mala interpretación de la palabra vanguardia. En el ámbito de la expresión artística exxisten espacios pequeños para la sutileza, pero no deben usarse como un lote de exageración; es imperativo que no se interprete la innovación o la excepción como un primer paso para el abuso. Esas licencias tomadas, estimuladas por el lucro creado por el escándalo, no deben ser admiradas por razón de su inadaptabilidad. Si se va a hacer la excepción, que ésta se haga a partir del modelo a cambiar, en vez que basarse en esa invención de lo imposible (causar la muerte), que mucho se ha malinterpretado. En su esfuerzo por menospreciar el arte clásico, rechazan el esfuerzo de hacer arte, el cual como se asume como regla, es considerado por éstos como caduco. Para no caer en la inactividad, nuestro esfuerzo crítico deberá también dirigirse a tales obras. Si queremos seguir disfrutando de obras de arte nunca antes vistas, debemos salir de esta astucia partidaria por la mediocridad que, así como simplificó hasta la deformación muchas ideas con el propósito de entenderlas, también podría hacer del arte y de su crítica todo un circo de entretenimiento.

Si bien se puede decir que el propósito del arte representativo no es solamente la representación de lo horroroso, es innegable que el propósito del arte representativo es evitar la asimilación de ese horror. La audiencia no debería ser responsable de establecer diferencias entre la obra y el horror si ello requiere un esfuerzo imaginativo extraordinario. Eso sólo significaría que el artista habría fallado y que, en todo caso, su audiencia es más merecedora del título de artista por haberle tolerado el crimen. Guillermo Habacuc sólo depende de la culpa de la audiencia para poder sostener su obra en pie, y pretende que se atribuyan el crimen hasta el punto de hacerse cargo del proceso de expiación del artista. La audiencia lo logra “absolver” y el artista logra excusarse señalando la parte de la historia que "todo el mundo" conoce, ignorando la responsabilidad de ejecutor bajo la impresión de que su acción, por ser más "down to earth" y mundana, muestra menos culpa.

Habacuc de veras maneja con una maestría impresionante los cadáveres emocionales de la burguesía, pues antes de ejecutarlos, aclara que él no fue el primero ni será el último. El se ofrece como el asesino a sueldo ("henchman"), intentando asumir una posición objetiva y desvinculada, reclamando el papel de mensajero entre victimario y víctima Tras la apertura de su exhibición, las quejas se hacen insoportables a sus oídos: no son válidas, dice, en tanto que se han escuchado antes y, por tanto, su repetición no logra nada. No logra nada a costa de él taparse los oídos, si acaso, pero que no sea él quien las anule para luego señalar su ineficiencia. Lo que ignora Habacuc es la intención de la queja. Pretende enjaular a la audiencia en su propia hipocresía, una vez ésta ceda a su curiosidad, convirtiéndola en el grupo control de su experimento. De alguien en la audiencia darle comida al perro, su arrepentimiento debería de antemano ser inoperante dado el hecho de que en muchos casos indeterminados los demás miembros del público no harán lo mismo. De alguien quejarse, los demás acallarían su queja y se expresarían con excusas pre-hechas sobre su poca civilidad y su inexplicable resistencia al arte. La posible salida indignada de la sala conllevaría la atribución absoluta y mortal de esa enfermedad llamada hipocresía. Habrían sido hipócritas y su momento de redención, si acaso, se apreciaría en otro espacio lejano y detestable: este espacio sólo era útil para la acumulación en un barómetro de los jugos de su hipocresía.

De no ser por todo este delicado ecosistema emocional-artificial, la obra de artistas como Habacuc se vendría abajo. Los que están afuera tendrían fácil acceso a una opinión propia, baja en la concentración de conformismo y con las impurificaciones climáticas y tempestuosas que trae esa lista tan injustamente amplia de valores. En la sala, los valores tendrían que suspenderse, para pretender que al salir se recogieran con conciencia, recordándose con entusiasmo cómo todo eso puede que no fuese así, imaginándose capaces de esa crueldad ahora tan imaginable.

Finalmente, se aprecia en esa incompletud de la “obra” el incumplimiento, la inhabilidad de desarrollar la perplejidad. Esa perplejidad tan fascinante en sí o más bien, en uno, puesto que inspira al ego a dar un paso desproporcionado y le permite al ego de la audiencia apropiarse de la "obra". No sería un esfuerzo dirigir esa angustia hacia el mal, hacia la representación misma, pues, después de todo, ahora se considera al horror representación de algo que podría siempre ser peor. Con este horror que nos visita en algunas salas de arte en cantidades moderadas, podemos disfrutar un experimento control en mano, llevado a cabo por nosotros mismos mientras nos llamamos aún “buenos”.

Así es que el artista imita con exactitud una verdad de su audiencia. Así también es como la aprecia. Así, de igual forma, es como la audiencia baja la guardia y se satisface una vez nombrada su desafortunada verdad. ¿Pero con qué se paga ese precio de dar el ejemplo? No vamos a ignorar, por haber defendido los derechos del perro Natividad, que la mayor parte de esta audiencia también se incomode viéndolo. Se incomoda a pesar de que lo tolere, y eso siempre fue lo que permitió que, al ser visto una primera vez, se pudiera evitar en la segunda ocasión. De la segunda ocasión ser muy imperceptible, ya estaremos convencidos de que nada de nosotros será partícipe en esa tercera ocasión.
12 de abril de 2008

- Ni el artista ni la galería han aclarado todavía satisfactoriamente si el perro murió o no como resultado de habérsele atado por un tiempo indeterminado a una pared de la instalación de arte sin recibir alimentos.

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