Boleto al cielo
Tengo entendido que el cielo busca hacer espacio pese a su exclusividad, y que su edificación continúa mientras muchos buscan hacerse espacio en él. Su entrada depende de cuán bien se abran cabida en un contexto tan transparente y falto de precedentes. Por mejores que sean tus intenciones, tan pronto consideras la idea de abrirte espacio estás dimencionando una porción del mismo que pretendes reservar para tu uso, poniendo mediante la separación de esa primera parcela un límite de cupo. La inclusión se logra mediante la separación de un área para sí, y con la garantía de que la misma no será usurpada. Fundamenta tu estadía con una loza de hormigón y arrojarás sombras sobre el prójimo, privándole del sol. De sembrar hormigón, el otro funcionará como gravilla estabilizadora. Pisotearás la loza y, reafirmando tu presencia, estarás pisando también a quienes la sujetan, atentando con tu desincronizada pisada contra su armonía y balance. De eregir paredes, desviarás la mirada con lo inclusión de alturas, y de emplear columnas el sol incidirá sobre lo etéreo con proyecciones fragmentadas, mientras la masa absorbe la luz hasta hacer de ella sombra. De colmar la copa con un techo, la sobrelaboración se vendrá abajo sobre la única otra superficie disponible capaz de sujetar su ruina: tú. Porque es lógico que, en el momento del desplome, todo techo continúe ejerciendo su peso sobre la base que desde el principio le sostuvo, siendo pocas las que continúan su caída por las profundidades de la tierra, tras romper la bóveda de alguna gruta que albergó al vacío. De camino al cielo todos perdemos nuestro boleto.
miércoles, 28 de septiembre de 2011
lunes, 26 de septiembre de 2011
Villano y mensajero
Villano y mensajero
No sé cuánto podrá tardar mi mensajero. El destino le es tan próximo que no sabemos nada de las tierras en las cuales podría adentrarse. Aún no sé si ha captado el mensaje que le entregué, estando su cara carente de respuesta. Solo sé que su respuesta fue tardía, y algo ilegible. Como el que intenta reaccionar al augurio que le presentan las primeras palabras de un mensaje mientras intenta traducir el resto. Tal vez ese asentimiento que eventualmente me hizo llegar no es sino la distracción que le permitió demorar la digestión del contenido. Parece que el peso del contenido lo dejó algo falto de aliento. A buen entendedor, pocas palabras. De muy buen entendedor, aún menos. Rechazó mi atrecho y optó por el camino largo...pero si de algo estoy seguro, es que no hay vuelta atrás. El mensaje ya ha emprendido vuelo dentro de su circuito, y aunque lo arrastre por la extensión de su cuerpo, no le restará momentum. Pero la fricción prolongada incendiará su suelo y la ceniza de su cuerpo lo hará toser, por más que evite cantar. De ser una selva espesa lo que convoque ante el mensaje, solo le estará echando leña al fuego, y de presentar luego un pantano, solo hará bullir el agua...y es ahí cuando empezará a cocinar el caldo. Sólo faltará condimentarlo con pimienta, y es ahí cuando la piedra que opera de base le servirá de pólvora, y será su inicial dureza el principal catalizador. ¡De desear agregar sal, no tendrá más que tornar la cabeza y contemplar la ruina! Porque su mundo es redondo observado de lejos, y por más accidentado que haga su terreno, solo él lo conocerá lo suficiente como para tropezarse con la misma piedra en la fabricación de más detalle, y por más paisajes que agregue, ira cerrando el circuito, hasta completar la colección que exhibe nuestro globo. Todo círculo, para terminar, reclama su origen. Este perro no hace más que perseguir su rabo, y lo más que podrá cambiar con su demora será su estado o forma. Y si se torna en serpiente mientras muerde su rabo, tanto mejor. Nada de esto quebrantará su naturaleza de mensajero, y como es el caso de todo mensajero que finaliza una larga travesía, solo tendrá que abrir la boca para poder descansar...y hacer mi mensaje llegar.
No sé cuánto podrá tardar mi mensajero. El destino le es tan próximo que no sabemos nada de las tierras en las cuales podría adentrarse. Aún no sé si ha captado el mensaje que le entregué, estando su cara carente de respuesta. Solo sé que su respuesta fue tardía, y algo ilegible. Como el que intenta reaccionar al augurio que le presentan las primeras palabras de un mensaje mientras intenta traducir el resto. Tal vez ese asentimiento que eventualmente me hizo llegar no es sino la distracción que le permitió demorar la digestión del contenido. Parece que el peso del contenido lo dejó algo falto de aliento. A buen entendedor, pocas palabras. De muy buen entendedor, aún menos. Rechazó mi atrecho y optó por el camino largo...pero si de algo estoy seguro, es que no hay vuelta atrás. El mensaje ya ha emprendido vuelo dentro de su circuito, y aunque lo arrastre por la extensión de su cuerpo, no le restará momentum. Pero la fricción prolongada incendiará su suelo y la ceniza de su cuerpo lo hará toser, por más que evite cantar. De ser una selva espesa lo que convoque ante el mensaje, solo le estará echando leña al fuego, y de presentar luego un pantano, solo hará bullir el agua...y es ahí cuando empezará a cocinar el caldo. Sólo faltará condimentarlo con pimienta, y es ahí cuando la piedra que opera de base le servirá de pólvora, y será su inicial dureza el principal catalizador. ¡De desear agregar sal, no tendrá más que tornar la cabeza y contemplar la ruina! Porque su mundo es redondo observado de lejos, y por más accidentado que haga su terreno, solo él lo conocerá lo suficiente como para tropezarse con la misma piedra en la fabricación de más detalle, y por más paisajes que agregue, ira cerrando el circuito, hasta completar la colección que exhibe nuestro globo. Todo círculo, para terminar, reclama su origen. Este perro no hace más que perseguir su rabo, y lo más que podrá cambiar con su demora será su estado o forma. Y si se torna en serpiente mientras muerde su rabo, tanto mejor. Nada de esto quebrantará su naturaleza de mensajero, y como es el caso de todo mensajero que finaliza una larga travesía, solo tendrá que abrir la boca para poder descansar...y hacer mi mensaje llegar.
martes, 20 de septiembre de 2011
Cuerpos
Cuerpos
Desviamos incansablemente una espesa gama de atentados sin conocer tan siquiera el veredicto omitido sobre lo culpable. No hay medallas de valor que asignar en este campo, y los premios progresivamente abultan la conciencia, al no tener otro espacio. Sabemos que presidimos una totalidad que la vista no puede abarcar, formando parte de ella. De la célula cobrar visibilidad, lo hace fuera del tejido, buscando su sentencia bajo un escrutinio extrahumano. Siendo indivisible el ojo en su función, solo puede enfocar, no descomponer. Las señalaciones de específicos solo se pueden dar de forma acusatoria, por medios ajenos a la vista. Pero si se asemejan a algo en su ceguera, no es a la Justicia.
Redactamos órdenes sin encabezamiento ni destinatario, distribuídas por el viento, y disponemos de portavoces que reportan para sus adentros. Cada dato se archiva en anaqueles inentrañables, firmados por representantes que acuñan el pulso de mil ancestros. Un diseño impulsado ha ya milenios le abre lugar a un vasto complejo, eregido sin firmas ni sellos, según dictado por lo intraducible. Sin registros demográficos manejamos lo innumerable y en predecible harmonía cada integrante ocupa su puesto. Sin registrar muertos o enfermos, suprimimos toda pandemia y de sobrepoblar el casco, consumimos el exceso. Poco sabemos de los impuestos que dicho reinado exige, aunque cada partícipe, por su anonimidad, tiene un precio a pagar, teniendo el precio sobre su cabeza, todo lo que se destaque.
El rol de la voluntad en los mecanismos descritos no encaja, solo tras reconocer que esos asedios los encabeza el mismo gen que nos encausa. Finalmente el yo se vuelve en su contra, tornándose irrastreable; se encamina en reverso con tal de borrar las huellas. Su paso se vuelve lento pues en caminar ya no consiste su empresa, encaminándose en vez por un sendero más incierto. Se torna el paso trastabilloso mientras más nos volteamos a admirar la distancia cubierta, que también, por ser distante, reclama la vista hasta enceguecernos. Trastornando la superficie con sus crecientes tropezones, cava un hueco que su vista omite en la búsqueda de perseguidores.
Desviamos incansablemente una espesa gama de atentados sin conocer tan siquiera el veredicto omitido sobre lo culpable. No hay medallas de valor que asignar en este campo, y los premios progresivamente abultan la conciencia, al no tener otro espacio. Sabemos que presidimos una totalidad que la vista no puede abarcar, formando parte de ella. De la célula cobrar visibilidad, lo hace fuera del tejido, buscando su sentencia bajo un escrutinio extrahumano. Siendo indivisible el ojo en su función, solo puede enfocar, no descomponer. Las señalaciones de específicos solo se pueden dar de forma acusatoria, por medios ajenos a la vista. Pero si se asemejan a algo en su ceguera, no es a la Justicia.
Redactamos órdenes sin encabezamiento ni destinatario, distribuídas por el viento, y disponemos de portavoces que reportan para sus adentros. Cada dato se archiva en anaqueles inentrañables, firmados por representantes que acuñan el pulso de mil ancestros. Un diseño impulsado ha ya milenios le abre lugar a un vasto complejo, eregido sin firmas ni sellos, según dictado por lo intraducible. Sin registros demográficos manejamos lo innumerable y en predecible harmonía cada integrante ocupa su puesto. Sin registrar muertos o enfermos, suprimimos toda pandemia y de sobrepoblar el casco, consumimos el exceso. Poco sabemos de los impuestos que dicho reinado exige, aunque cada partícipe, por su anonimidad, tiene un precio a pagar, teniendo el precio sobre su cabeza, todo lo que se destaque.
El rol de la voluntad en los mecanismos descritos no encaja, solo tras reconocer que esos asedios los encabeza el mismo gen que nos encausa. Finalmente el yo se vuelve en su contra, tornándose irrastreable; se encamina en reverso con tal de borrar las huellas. Su paso se vuelve lento pues en caminar ya no consiste su empresa, encaminándose en vez por un sendero más incierto. Se torna el paso trastabilloso mientras más nos volteamos a admirar la distancia cubierta, que también, por ser distante, reclama la vista hasta enceguecernos. Trastornando la superficie con sus crecientes tropezones, cava un hueco que su vista omite en la búsqueda de perseguidores.
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