sábado, 13 de agosto de 2011

Once de agosto

René Duchesne Sotomayor
Once de agosto
Este pasado 22 de julio unas hormigas invadieron mi cereal en números intuíbles tan solo por la pequeña hilera que formaban sobre la caja. Por no alcanzar una cifra que representara la totalidad, me contenté con la palabra "innumerables" para resumir sus huestes, descartando la caja dentro del congelador apresuradamente. Pasaron las horas sin que sus filas cruzaran mi mente. Fue en la noche que me dieron alcance, tras adentrar sus patas en un estado de parálisis. Sacudí la caja y escuché un estremecimiento distinguible por acompañar al del cereal. Contuve las hojuelas mientras me servía otro producto sin cambiar de caja. Las había reducido a materia de tan solo descontextualizarlas, arrojándolas dentro de un acondicionador cuya especialidad es el aire. Esta pérdida de vida fue resaltada mediante la alteración de sus formas. El frío ató sus patas encorvándoles las espaldas y clausuró las bocas con el entierro de sus pinzas. Era su recién adquerida uniformidad lo que hacía más registrable su cantidad. Era tras la inmovilidad que los números surgían, reclamando esas huestes que perdían terreno en las materias del peso y la presencia. Números que ocupaban carcasas para tener donde resonar.

Cayendo ya en la repetición y poco antes de terminar la cuenta, una cifra estiró la pata, abriéndole espacio al paso de una hormiga. Sabiendo que mil agentes invisibles podían influír sobre lo apenas visible, me hice de la vista larga y continué el conteo, empleando la hilera (de hormigas) como camino. Borrón y cuenta nueva, reanudo el paso con números distintos tras desviar mi vista por una segunda hormiga que creí haber dejado atrás. Esta pluralidad distinta me hizo perder rastro del tiempo mientras ocupaba mi vista en la formación de caminos que, a pesar de acortarse, no me servían de atrecho. El conteo regresivo solo me pudo conducir a un cambio de palabras, pues la reanudación de su paso agujereó mi camino, reduciéndolo a saltos con el rompimiento de filas. Pronto mi vista emprendió vuelo interceptando caminos superpuestos que me daban nuevo suelo. Mi vista, en fin, se elevó, retomando un horizonte que se encontraba a una altura distinta a la de las hormigas. Pero no fue fácil ignorarlas una vez perdidas de vista, y no exigí la devolución del pésame que cogieron prestado. Tan sobrehumana era la capacidad de carga de estos animales, que aún lo sostenían con las pinzas. Seguramente lo habrán hecho caber en las entrañas de la tierra hasta depositarlo en el nido, donde les servirá por algún tiempo como fuente de energía. O tal vez permanezca intacto en la reserva como un último recurso, una provisión innombrable que bien podría ser veneno.

Hoy 11 de agosto, retomo el relato y lo torno cuento. Los días entremedio también innumerables, se me escapan a paso de hormiga, aunque no me gustaría pensar que exeden la cantidad de hormigas observadas aquel día. Aprovecho la distancia que me impidió sentir sus vidas para concederles el beneficio de la duda, y así como aquel día las di por muertas, ahora en contraste, las doy por vivas.