viernes, 7 de agosto de 2009
Arquitecto
A mi me hizo la vida un arquitecto prestigioso con su suicidio. Tomó el mismo vagón que yo, y en el momento parecía esconder algo aparte de su arma, razón por la cual escogió la banca que me encaraba, ambas apartadas del resto de nuestros compañeros de viaje. Para que haya silencio alguien tiene que presenciarlo, y al parecer, el era todo ruido en esos instantes y necesitaba de mi ayuda. Yo asentí a su ausencia de antemano, como de costumbre. Nada. La explosión fue contenida sobre la retina. Cualquiera diría que se originó en el ojo mismo, cualquiera de los cuatro, aspirando de forma lógica al centro operacional de éste. Pero siendo la superficie del ojo lo suficientemente sólida, el alcance de su centro o nervio es sólo teórico. Yo de por sí podía ver cualquiera de estos ojos míos, aunque su visibilidad dependiera del evento presenciado, como si éste fuera una escena que, mediante la edición, se le hubiese adherido de forma secuencial. Ver de por sí la superficie resbaladiza de ese ojo ya era algo digno de celebración, pero yo hubiera querido llegar a ese nervio, aunque sacrificase así toda visión, aunque me tuviese que limitar a palparlo, por haber atrofiado todo su sistema operacional. De haberlo visto otro, yo hubiera creído en él. Facebook, entre otros, me dice "escribe algo sobre ti". Si escribo algo, no será sobre mí, sino acerca de superficies más duraderas. Solo podría escribir bien sobre mí evadiendo mi superficie. Por la superficie son observables los huesos, y los músculos que me dan movimiento no permiten que se de un segundo movimiento simultáneo sobre la piel. Pero es ridículo pensar que cualquier otra capa más profunda se preste para lo mismo. Lo definitivo es que escribiría, sobre todo, acerca de mi piel. Excluyo mi cuerpo de este "todo", teniendo ya el lugar de tema. No creo que contentarme con esta superficialidad saque a relucir una segunda superficialidad aún más profunda, como si se tratase de una caja china. Si hablo de la piel reconoceré sus propiedades físicas, sin demorarme en alguna ruptura que saque a relucir...nada. Según tengo entendido, la sangre y demás relaciones sanguíneas se encargaran de ocultarlo. Pero la ruptura inmediata no está garantizada sólo por tratarse de la piel. Rupturas se pueden dar en áreas más profundas que nos lleven a una segunda superficie, polar. No se trata sólo de la piel, sino que se trata la piel sin ser esta tapiz ornamental, sin haber muerto ésta aún. Eso es lo visible, y no nos tiene que llevar siempre a una suposición sobre el estado anímico del interior, como si la una fuese consecuencia de la otra. Siempre pasaremos de los labios a la boca, de la nariz a los pulmones, pero esta vez no nos limitaremos a mencionarlos como puntos de referencia o como relleno. Irónicamente, fue la sangre ajena la que paso a cubrir mi piel, como si en alguno de sus desperfectos característicos del último latido, sus agudos sentidos hubiesen podido percibir las múltiples heridas que exhibía mi cuerpo. Recuerdo haberme mirado de inmediato las manos para descubrir, por una vista nublada e igualmente afectada, que éstas habían recibido el primer golpe. Al principio no supe si limpiármelas sobre mis ojos o si frotarme éstos con las manos, pero nunca se me ocurrió, por ejemplo, usar mi ropa como trapo. Terminé usando mi antebrazo por cuestiones prácticas, pues la idea era ver más allá de la sangre que se me había puesto sobre mi cara. No deseo describir a nivel gráfico el desorden presenciado, pues basta decir que, estando la piel abierta, el interior tampoco se manifestaba de la forma en que le imaginamos. Inclusive este hacía espacio por no estorbar mi vista y hacer visible el trasfondo plástico de las paredes del tren. Pero para tales observaciones había realmente que forzar la vista hasta el punto de lagrimar, y encontraba la opción demasiado problemática. Como todo el mundo, pude observar mis reacciones sin tenerme tan siquiera presente frente a mis ojos. Lo más extraño de esta última observación era el que los demás tampoco me tuvieran frente a sus ojos, pero por esto no los puedo culpar. Ellos se tenían entre ellos, el uno frente al otro, y si ante el sonido alguno se encoge...Pero en esta observación lejana había un ancla que me sostenía como personaje dentro del campo visual, sin permitir que me fuera a la deriva. Yo no sabía cómo exlcuírme mediante la observación, y encuentro que es esto precisamente lo que me ha permitido camuflajearme en el relato de mi vida, hasta resultar indistinguible de los demás. A mí también me cuesta trabajo leer mis expresiones y postura, y cuando se trata de hacerlo antes que otro, suelo quedarme atrás. No creo que se trate de un don o que este defecto se reserve a mi persona. Lo mismo se observará en otros que muestren más interés en chismear sobre extraños que en tenerse a sí o a algún inmediato como tema de conversación. Pero yo no fundamento esta sospecha sobre observaciones propias. Son conjeturas que hago con el fin de concluir sus formulaciones invasivas, citándolos por no responderles. ¿No son ellos quienes más esfuerzo deben poner en tenerse como tema de conversación? Que sigan chismeando sobre extraños, hasta que yo me reconozca como alguno de ellos. Pero unírmeles sería tenerme a mí como extraño, y perdería todo derecho de llamarme por mi nombre. Las puertas del tren se abren, también salpicadas con algo de la sangre. Una herida abierta en el balcón por la cual los espectadores podremos salir. Pero el espectáculo sólo se puede observar en el interior, desde la tarima. Ya los oficiales estaban esperando en esta próxima parada para examinar el cuerpo, y yo me pregunté ingenuamente si el tren seguiría su movimiento a pesar del procedimiento, con ellos dos ofreciéndole un análisis postmortem sin interrumpir la trayectoria del vacío, el destino del vacío. Yo me quedé en el vagón pues no quería servirle de rabo a la muchedumbre, ya que me tocaría menearme. Por otro lado uno de los oficiales atendió cruelmente esa pregunta que creí haberme hecho a mis adentros, diciendo: "¿Qué esperas, que el tren reanude el vuelo?" O yo no me había dirigido a mis adentros al hablar, o le eran visibles éstos a él. O me traspasaba con su mirada para hablarse a sí mismo. A todo esto, el cuerpo se había deslizado al suelo con el baibén del tren, con tal de alinear sus ojos con los míos. "Nos vemos ahora, nos vemos...hasta la vista"- me despedí. "La última vez que te vi fue hace 4 pies de altura...lo que es el distanciamiento. Ahora no cuentas con seis pulgadas de altura, y sin embargo..todo el espacio horizontal que ocupas...De estar a la intemperie allá arriba, cumplirías la misma función que la de las colinas, acelerando el ocaso. Pero tu entierro se perdió en la profundidad, sin tan siquiera hinchar la tierra un poco sobre el nivel cero. Ni Dios sabe el propósito de estas excavaciones, canalizando nuestro paso acelerado hasta hacerlo cosa líquida, mientras nos tropezamos con sus talones. Yo salí del vagón finalmente, esperando que las puertas salpicadas se cerraran sobre mis narices, pero estas en vez esperaron convenientemente a que me encontrara afuera. Es decir, éstas aún habían cerrado (de todas formas de algo me tenían que excluir), lo que encontraba extraño ya que en la escena aún se encontraban los dos oficiales. Aquí había algo que andaba mal, pero tampoco quería dejar atrás a mis pies por allá adelante. Así que les di ojos más que alas, obedeciendo la linealidad ascendente. Sin embargo la ascensión no iba de la mano a la linealidad, y bien podía tratarse esto de un juego de "Snakes and Ladders"...y como dice el juego, la prioridad aquí son las serpientes. En ocasiones, hallándome en la medianera, tendría que subir medio piso para acceder las escaleras del mismo infierno. Pero al salir de ese mundo subterráneo, no fue la linealidad lo que me abandonó. De inmediato me recibió un tronco talado con varios de sus retollos, cumpliendo todos con la forma. Pero su rectitud había sido adecuada al ojo desnudo y no pretendía cruzar el punto de la invisibilidad. Su margen de "error" estaba realmente compuesto de texturas rugosas, que permitían mayor fricción y ofrecían mejor agarre visual. Yo sabía que, de intentar dibujarlo, no me quedaría atrás. En tanto a que más afilado y preciso el lápiz, más propenso es su carboncillo al desprendimiento y esparcimiento. Esta linealidad, sin embargo, me parecía liviana, pues no compartíamos pasillos como lo hicimos en el túnel. Inclusive la luz, en tales zonas, me parecía alcanzable a un nivel desilusionante. Su fuente, por mala planificación, no había sido ajustada a la altura humana, y apenas lograba yo apreciar la oscuridad que recogía sobre ella, como copos de nieve. En muchas ocasiones me la llevé con la cabeza. Pero en este caso el plano frecuentado por nuestros pies nos resultaba hasta inútil, como una medida de seguridad innecesaria. Precisamente porque nos era imposible caernos es que la encontraba vertiginosa, como si cualquier accidente o tropiezo nos fuese a castigar con esa superficie tan inmediata. Por un momento supuse que su verdadero propósito sería el de proveerle techo al túnel, pero esa impresión nunca fue seria. A partir de los retollos de ese árbol cortado, pasaba a líneas más lejanas, pero que, de no ser por la perspectiva o por el amplio espacio provisto, superarían la altura de los transeúntes. Aquí las estructuras eran verticales y se elevaban lo suficiente de uno acecharles. Lo que falta es que construya uno propio con el cual reafirmar mi postura...cualquiera que sea. ¿Qué tal si añado otro edificio? Tendría primero que adentrarme en la tierra de una forma algo distinta a la de los túneles. ¿Dónde... en el espacio inmediato que ocupo? ¿Cavar una madriguera...donde empollar? No soy conejo blanco, por más fácil que sea comprarme/perderme un abanico. ¿Cómo sabemos si tal hueco ha sido cavado como base para una estructura? Cómo ocupar ese espacio con el contenido de la cabeza sin sentirse ni avestruz, ni voyeurista? ¿Quién le puede meter suficiente entusiasmo al acoso de su idea, mediante semejante hueco? Tal vez la luz ocupe ese espacio primero. Tal vez se dirija en dirección contraria, con toda intención de lastimarme el ojo, mientras le observo. Pero por lo menos no saldrá sangre de estas entrañas-no cuentan con propia. El arquitecto se ha adentrado por el túnel incorrecto, Por más sombras que revelaran las lámparas, por más puertas y compuertas que se abrieran ante su camino, al final las mismas puertas se cerraron tras de mí. Le cavo un hueco que le sirva de trono. ¿Siendo yo el que cava el hueco, no sería justo permanecer ahí? Mientras que el muerto se recuesta, yo aún sufro de verticalidad.
sábado, 27 de junio de 2009
Azar
El azar jugó a la ruleta rusa y encontró sus balas. Éstas tenían su nombre grabado, no podiendo tener el de nadie más. El azar se aseguró de rematarse una quinta vez antes de pasarme el revólver. Pero ese espacio vacío no podía sostener mi nombre, no podía... ¡corresponderme! Entonces, ¿quién merecía morir esta tarde, aparte del azar? Cualquiera. Entre tanto, yo podía reclamar los muchos espacios recién provistos por el azar con su muerte.
Sonrisa
Yo sé cómo torcerle el brazo a una sonrisa. Sé como quedarme con sus dientes y enmarcarlos, sin que sean motivo de vergüenza para sus labios. La garganta tendrá que ahogarse en su orgullo, pero sin tragarse esa sonrisa. No habrá carcajada que sople la lengua o que barra esos dientes. Todo músculo tras esa sonrisa se detendrá en el fondo y, como paisaje contrastante, pasará a ser invisible. Es ahí donde podré retomar mi conversación con el gato "sheshire", todo sin clausurar esa sonrisa.
Llanto
La sangre confisca mis lagrimales. Ésta escasea y su repartición entre las heridas no puede ser proporcionada. La sangre atiborra mi cabeza, evita el corazón de un latido, y de mi cuerpo ha extirpado una herida mortal. Mis ojos cuagulan, el ADN se apodera de mi vista. El panorama se asienta en el fondo, en un espacio seco que mi sangre evade.
Globo
Dale cuerda a un globo y te costará altura, dale puya y te plastificará. Mientras más se eleva el Don Aire, determinado en una sola dirección, más te frena en su lucha con los vientos. Pero sabemos cómo soltar el hilo tras el anochecer. Si la bolita de lana se echa a rodar, el globo no encontrará su camino.
Ascenso
Ésta no es mi casa, pero por lo menos la es de otro. He seguido escalando el interior, huyendo de la salida. Hallé su marco ocupado por una figura humana, extendida, aunque no podía decir si me encaraba. Atrapado en el ático, el sol rellena los rotos y no hay espacio por donde el aire tenga cabida. Hay una atmósfera pesada allí arriba y sólo se me ocurre que una bombilla podrá solucionar el problema. La mía ya se gasta alumbrando tal idea. El sol ya tiene mucho en sus manos, haciendo de cada una un parcho con el cual alzar mi techo. Le ofrezco mi espalda a la luz, le privo de mis ojos, todo para poder ver mejor. Inclinándome (en saludo) ante el piso, recuerdo la salida a nivel de tierra.
Cumpleaños
Realmente no muchos llegan a cumplir con sesenta, cincuenta años, según (cuentan) mis ojos. Sus años los cuento de acuerdo a los míos, restando. Tan pronto los conozco los bajo a cero y les sumo mi edad. Así todos me superan en juventud, a pesar de que muchos mueran por ello. Aunque muchos cumplan por ello, yo cumplo por ellos la mayor sentencia. Pero en los ojos no reside la culpa. Hay mucho refugiado en los ojos como para dar cabida en los tuyos esa mirada de acusasión. Permíteme ahora que los míos la internalizen.
El azar jugó a la ruleta rusa y encontró sus balas. Éstas tenían su nombre grabado, no podiendo tener el de nadie más. El azar se aseguró de rematarse una quinta vez antes de pasarme el revólver. Pero ese espacio vacío no podía sostener mi nombre, no podía... ¡corresponderme! Entonces, ¿quién merecía morir esta tarde, aparte del azar? Cualquiera. Entre tanto, yo podía reclamar los muchos espacios recién provistos por el azar con su muerte.
Sonrisa
Yo sé cómo torcerle el brazo a una sonrisa. Sé como quedarme con sus dientes y enmarcarlos, sin que sean motivo de vergüenza para sus labios. La garganta tendrá que ahogarse en su orgullo, pero sin tragarse esa sonrisa. No habrá carcajada que sople la lengua o que barra esos dientes. Todo músculo tras esa sonrisa se detendrá en el fondo y, como paisaje contrastante, pasará a ser invisible. Es ahí donde podré retomar mi conversación con el gato "sheshire", todo sin clausurar esa sonrisa.
Llanto
La sangre confisca mis lagrimales. Ésta escasea y su repartición entre las heridas no puede ser proporcionada. La sangre atiborra mi cabeza, evita el corazón de un latido, y de mi cuerpo ha extirpado una herida mortal. Mis ojos cuagulan, el ADN se apodera de mi vista. El panorama se asienta en el fondo, en un espacio seco que mi sangre evade.
Globo
Dale cuerda a un globo y te costará altura, dale puya y te plastificará. Mientras más se eleva el Don Aire, determinado en una sola dirección, más te frena en su lucha con los vientos. Pero sabemos cómo soltar el hilo tras el anochecer. Si la bolita de lana se echa a rodar, el globo no encontrará su camino.
Ascenso
Ésta no es mi casa, pero por lo menos la es de otro. He seguido escalando el interior, huyendo de la salida. Hallé su marco ocupado por una figura humana, extendida, aunque no podía decir si me encaraba. Atrapado en el ático, el sol rellena los rotos y no hay espacio por donde el aire tenga cabida. Hay una atmósfera pesada allí arriba y sólo se me ocurre que una bombilla podrá solucionar el problema. La mía ya se gasta alumbrando tal idea. El sol ya tiene mucho en sus manos, haciendo de cada una un parcho con el cual alzar mi techo. Le ofrezco mi espalda a la luz, le privo de mis ojos, todo para poder ver mejor. Inclinándome (en saludo) ante el piso, recuerdo la salida a nivel de tierra.
Cumpleaños
Realmente no muchos llegan a cumplir con sesenta, cincuenta años, según (cuentan) mis ojos. Sus años los cuento de acuerdo a los míos, restando. Tan pronto los conozco los bajo a cero y les sumo mi edad. Así todos me superan en juventud, a pesar de que muchos mueran por ello. Aunque muchos cumplan por ello, yo cumplo por ellos la mayor sentencia. Pero en los ojos no reside la culpa. Hay mucho refugiado en los ojos como para dar cabida en los tuyos esa mirada de acusasión. Permíteme ahora que los míos la internalizen.
domingo, 14 de junio de 2009
La camisa lee "sé optimista"
La camisa lee "sé optimista"...
Pero para esto su portador nos ofrece su espalda. Camina en retirada y el mensaje se hace evidente. Mientras más sude éste, más llano el mensaje. Inclinando su cuello lo eleva a altura de nuestros ojos, extendiendo sus miembros lo encuadra en nuestra vista. "Sé optimista", nos dice el mensaje, carente de emisor, cobijado por su receptor. Monstruosa independencia la de las palabras, que tanto comprometen a sus portadores. Tremenda carga la de esas espaldas. Pero la camisa aún ciega, ya sabe leer en nosotros un "se optimista" y responde a su nombre cuando le llaman, tal y como le hemos enseñado. Lo escribió en sus espaldas, lo ha escrito en nuestra frente. Ya no hay que abrir la boca ni prestar oído cuando la correspondencia se da entre ellas. No hay ceño que lo arrugue, no hay ojo que le roce.
No hay espejo que valga más que la espalda de un Otro. Nuestro reflejo nos es devuelto sin cuentos viejos, sin ser opuesto. Es su espalda el único recurso con el cual logra conmovernos a encararlo, pero esto a costa de negarle a su rostro su respectivo espejo. Él de por sí ha renunciado a nuestra postura, y por hacer evidente el mensaje por tiempo tan breve, se aleja y se achica, se encoge en defensa. Ya no es necesario beber agua del estanque para enfrentar a Narciso. Ya su imagen no comparte un espacio con el elixir de la vida. Se esparce tranquilamente sobre el sudor tenso.
No tiene cara, no nos fue opuesto. No era distinto, sino ajeno. Su espina desemboca inevitablemente en una cabeza, pero eso sólo lo podemos suponer. De la misma forma podríamos suponer que continúa más allá de la boca y que es por al frente que conecta de forma directa con el suelo que enfrenta, sirviéndole de bastón. Ambas, suposiciones, ambas ocultas tras el mensaje bidimensional de "sé optimista"
Sé optimista por este ser, falto de la "R" final. Este ser mal escrito, producto de la vagancia ajena. Aprovecha la circunstancia que te permite darte por aludido. Ya el mensaje ha perdido su intimidad y se ha publicado sobre su espalda mientras dormía, en son de burla. Tan pronto reclute las primeras patadas de la audiencia podrá llamarse hermano de "patéame". Pero yo, yo tengo el mensaje escrito en la frente, y lo peor es que también ha sido escrito a mis espaldas. Yo he recurrido a viejos espejos y conozco el mensaje, que por alguna razón no me venda los ojos por completo cuando es ahí donde primero quedó grabado. Pero mi reacción fue la misma, creyéndome uno de ellos, y de inmediato pude tropezarme con toda serie de obstáculos. Obstáculos buscados que lograba identificar antes de arrojarme sobre ellos. La verdad es que no pude ser deslumbrado, y no me considero único de mi especie. "Sé optimista" ha envenenado sus palabras y mi lenguaje, cortando nuestra comunicación.
_ené
Pero para esto su portador nos ofrece su espalda. Camina en retirada y el mensaje se hace evidente. Mientras más sude éste, más llano el mensaje. Inclinando su cuello lo eleva a altura de nuestros ojos, extendiendo sus miembros lo encuadra en nuestra vista. "Sé optimista", nos dice el mensaje, carente de emisor, cobijado por su receptor. Monstruosa independencia la de las palabras, que tanto comprometen a sus portadores. Tremenda carga la de esas espaldas. Pero la camisa aún ciega, ya sabe leer en nosotros un "se optimista" y responde a su nombre cuando le llaman, tal y como le hemos enseñado. Lo escribió en sus espaldas, lo ha escrito en nuestra frente. Ya no hay que abrir la boca ni prestar oído cuando la correspondencia se da entre ellas. No hay ceño que lo arrugue, no hay ojo que le roce.
No hay espejo que valga más que la espalda de un Otro. Nuestro reflejo nos es devuelto sin cuentos viejos, sin ser opuesto. Es su espalda el único recurso con el cual logra conmovernos a encararlo, pero esto a costa de negarle a su rostro su respectivo espejo. Él de por sí ha renunciado a nuestra postura, y por hacer evidente el mensaje por tiempo tan breve, se aleja y se achica, se encoge en defensa. Ya no es necesario beber agua del estanque para enfrentar a Narciso. Ya su imagen no comparte un espacio con el elixir de la vida. Se esparce tranquilamente sobre el sudor tenso.
No tiene cara, no nos fue opuesto. No era distinto, sino ajeno. Su espina desemboca inevitablemente en una cabeza, pero eso sólo lo podemos suponer. De la misma forma podríamos suponer que continúa más allá de la boca y que es por al frente que conecta de forma directa con el suelo que enfrenta, sirviéndole de bastón. Ambas, suposiciones, ambas ocultas tras el mensaje bidimensional de "sé optimista"
Sé optimista por este ser, falto de la "R" final. Este ser mal escrito, producto de la vagancia ajena. Aprovecha la circunstancia que te permite darte por aludido. Ya el mensaje ha perdido su intimidad y se ha publicado sobre su espalda mientras dormía, en son de burla. Tan pronto reclute las primeras patadas de la audiencia podrá llamarse hermano de "patéame". Pero yo, yo tengo el mensaje escrito en la frente, y lo peor es que también ha sido escrito a mis espaldas. Yo he recurrido a viejos espejos y conozco el mensaje, que por alguna razón no me venda los ojos por completo cuando es ahí donde primero quedó grabado. Pero mi reacción fue la misma, creyéndome uno de ellos, y de inmediato pude tropezarme con toda serie de obstáculos. Obstáculos buscados que lograba identificar antes de arrojarme sobre ellos. La verdad es que no pude ser deslumbrado, y no me considero único de mi especie. "Sé optimista" ha envenenado sus palabras y mi lenguaje, cortando nuestra comunicación.
_ené
sábado, 23 de mayo de 2009
La política de evacuar
-Esto es un ensayo político que sentí la urgencia de escribir...espero que les guste, y que no lo encuentren mongo, jaja. Es increíble que a medida que lo escribía, seguía enterándome de más atrocidades. De haberlas incluído todas, no lo hubiera podido concluír. Aún así la idea es aludir al ambiente general en el cual se encuentra el país. Espero que les guste, aunque todos podemos estar de acuerdo con que no se acerca a El sacrificio del arte.
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Durante esta crisis económica los políticos puertorriqueños se han visto obligados a tomar decisiones "de vida o muerte". Lógicamente, esto los ha llevado a la sustitución de su juego político-teatral por la política más seria del "sálvese quien pueda" orientada por una metáfora espacial consistente en abrir lugar. ¿Cómo se hace? Despidiendo personal gubernamental e incentivando la fuga del país. Más seriedad ni podemos, ni debemos exigirle a los políticos. Exigirles un nivel de complejidad humana como el que promete la sobriedad podría llevarlos a exponer de forma demasiado franca su sacrificio del pueblo. Por eso la falta de seriedad de un político no es tan preocupante como lo es el exceso de drama y pompa. Esta situación económica, que ensobria a cualquiera, logra un efecto inverso en los políticos, adentrándolos más en su delirio de grandeza, haciendo cada vez más evidente su snobismo (sine nobilitate), es decir, su falta de nobleza civil. Éstos han reanudado los rituales de sacrificio humano ante los dioses de la economía, y el reciente es el despido de unos 30,000 empleados gubernamentales.
Pero el político también ha tenido que reorganizar sus prioridades personales y muchos ya se están privando de las necesidades básicas, antes de considerar el abandono del tocino y el capricho. Recién instalado como gobernador, Fortuño se encargó de cerrar las puertas de la Fortaleza al lujo, despidiendo a un pianista que contaba con un presupuesto de $40,000. Pero al negarle esta suma no tan sólo despidió al pianista, quien resulta que funcionaba como administrador de ese dinero, con el cual contrataba a otros músicos en los actos públicos de Fortaleza. Ahora será un radio lo que se encarge de atrapar todos esos sonidos y traducirlos a un lenguaje maquinal, indirecto y suavizado, más comprensible para el sensible oído político.
Sin embargo, la puerta trasera de la Fortaleza fue abierta para satisfacer el trasero del lujo, pues se contrata a un chef internacional "muy recomendado", con un salario individual de $60,000. Como local, el pianista resultababa invisible a esos ojos que siempre se nublan ante el horizonte y el "más allá". Este gobernador que no confía en la opinión propia cuando se trata de saborear su comida, despide sobreconfiadamente por delante y por detrás, pero sobre todo, por detrás. Luego reclama que ha hecho un gran sacrificio personal con el abandono de la música cuando realmente él se ha deshecho de un estorbo cultural secretamente odiado por cierta clase alta del país. Fortuño está entre esos que se han encontrado, de súbito, libres del simulacro formal de la cultura, y se ha comprometido a un nivel personal y para nada político con destruir la cultura del país. Sólo cuatro meses después del despido del pianista y tras un asalto absoluto al presupuesto de todas las instituciones culturales y educacionales del país (entre las cuales se encuentran la Escuela de Artes Plásticas: -71%; el Conservatorio de Música: -75%; el Instituto de Cultura Puertorriqueña: -65%; la Corporación de Artes Musicales: -88%; el Centro de Bellas Artes LAF: -66%; Conservación Histórica: -55%; el Consejo de Educación Superior: -67%; y la Procuradora de la Mujer: 71%) fue que Luis Fortuño consideró retirarle los celulares y el tocino al cuerpo legislativo.
Pero estos políticos puertorriqueños no repudian por completo el arte. Estos políticos creen en el arte culinaria y tienen la intención de ser partícipes directos en su mejora, y es la evacuación su movimiento artístico preferido. Fue más para evacuar con estilo que para comer con estilo, pues ¿cuán lejos puede llegar la calidad de la comida después de pagar precios elevados? Es tal la intensidad con la cual la política engulle el arte que sus vísceras pueden más que sus manos. Tal es la intimidad entre el ejecutor (verdugo) y su obra.
Así que la estrategia nunca abandona a estos "pensadores políticos" de la isla cuando se trata del ahorro, siendo la última de sus medidas la de distribuirse entre ellos carros híbridos que les ahorrarán combustible personal gastando $70,000 del pueblo por cada cabeza (o descabezado) del cuerpo legislativo. Pero esto es un intento de amortiguar u ocultar la contaminación librada por ellos, más que de suspender las emisiones tóxicas. En fin, que la metáfora espacial de este neoliberalismo trasnochado es evacuar, para abrir espacio. ¿Espacio para qué?
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Durante esta crisis económica los políticos puertorriqueños se han visto obligados a tomar decisiones "de vida o muerte". Lógicamente, esto los ha llevado a la sustitución de su juego político-teatral por la política más seria del "sálvese quien pueda" orientada por una metáfora espacial consistente en abrir lugar. ¿Cómo se hace? Despidiendo personal gubernamental e incentivando la fuga del país. Más seriedad ni podemos, ni debemos exigirle a los políticos. Exigirles un nivel de complejidad humana como el que promete la sobriedad podría llevarlos a exponer de forma demasiado franca su sacrificio del pueblo. Por eso la falta de seriedad de un político no es tan preocupante como lo es el exceso de drama y pompa. Esta situación económica, que ensobria a cualquiera, logra un efecto inverso en los políticos, adentrándolos más en su delirio de grandeza, haciendo cada vez más evidente su snobismo (sine nobilitate), es decir, su falta de nobleza civil. Éstos han reanudado los rituales de sacrificio humano ante los dioses de la economía, y el reciente es el despido de unos 30,000 empleados gubernamentales.
Pero el político también ha tenido que reorganizar sus prioridades personales y muchos ya se están privando de las necesidades básicas, antes de considerar el abandono del tocino y el capricho. Recién instalado como gobernador, Fortuño se encargó de cerrar las puertas de la Fortaleza al lujo, despidiendo a un pianista que contaba con un presupuesto de $40,000. Pero al negarle esta suma no tan sólo despidió al pianista, quien resulta que funcionaba como administrador de ese dinero, con el cual contrataba a otros músicos en los actos públicos de Fortaleza. Ahora será un radio lo que se encarge de atrapar todos esos sonidos y traducirlos a un lenguaje maquinal, indirecto y suavizado, más comprensible para el sensible oído político.
Sin embargo, la puerta trasera de la Fortaleza fue abierta para satisfacer el trasero del lujo, pues se contrata a un chef internacional "muy recomendado", con un salario individual de $60,000. Como local, el pianista resultababa invisible a esos ojos que siempre se nublan ante el horizonte y el "más allá". Este gobernador que no confía en la opinión propia cuando se trata de saborear su comida, despide sobreconfiadamente por delante y por detrás, pero sobre todo, por detrás. Luego reclama que ha hecho un gran sacrificio personal con el abandono de la música cuando realmente él se ha deshecho de un estorbo cultural secretamente odiado por cierta clase alta del país. Fortuño está entre esos que se han encontrado, de súbito, libres del simulacro formal de la cultura, y se ha comprometido a un nivel personal y para nada político con destruir la cultura del país. Sólo cuatro meses después del despido del pianista y tras un asalto absoluto al presupuesto de todas las instituciones culturales y educacionales del país (entre las cuales se encuentran la Escuela de Artes Plásticas: -71%; el Conservatorio de Música: -75%; el Instituto de Cultura Puertorriqueña: -65%; la Corporación de Artes Musicales: -88%; el Centro de Bellas Artes LAF: -66%; Conservación Histórica: -55%; el Consejo de Educación Superior: -67%; y la Procuradora de la Mujer: 71%) fue que Luis Fortuño consideró retirarle los celulares y el tocino al cuerpo legislativo.
Pero estos políticos puertorriqueños no repudian por completo el arte. Estos políticos creen en el arte culinaria y tienen la intención de ser partícipes directos en su mejora, y es la evacuación su movimiento artístico preferido. Fue más para evacuar con estilo que para comer con estilo, pues ¿cuán lejos puede llegar la calidad de la comida después de pagar precios elevados? Es tal la intensidad con la cual la política engulle el arte que sus vísceras pueden más que sus manos. Tal es la intimidad entre el ejecutor (verdugo) y su obra.
Así que la estrategia nunca abandona a estos "pensadores políticos" de la isla cuando se trata del ahorro, siendo la última de sus medidas la de distribuirse entre ellos carros híbridos que les ahorrarán combustible personal gastando $70,000 del pueblo por cada cabeza (o descabezado) del cuerpo legislativo. Pero esto es un intento de amortiguar u ocultar la contaminación librada por ellos, más que de suspender las emisiones tóxicas. En fin, que la metáfora espacial de este neoliberalismo trasnochado es evacuar, para abrir espacio. ¿Espacio para qué?
sábado, 18 de abril de 2009
Sin título
Retolla la muerte y levita en milagro. Bajo la actitud de amotinamiento, llamados a la acción, nos arrodillamos ante ella. Lo lógico tras eso, con tal de seguir en movimiento, sería hacer de nuestras manos patas. Sin poder retornar a nuestro primer par de pies (temiendo la contradicción), convocamos otro par a nuestro servicio. Así en la complesión del tercer paso los fuertes se tornan boca-abajo, diciéndole al resto "arrástrate sobre tu vientre!"
Eso último es una cita del libro de Génesis, cuando Dios condena a la serpiente a arrastrarse sobre su vientre. Me gustaría acompañar esto de un dibujo.
Eso último es una cita del libro de Génesis, cuando Dios condena a la serpiente a arrastrarse sobre su vientre. Me gustaría acompañar esto de un dibujo.
sábado, 11 de abril de 2009
Sol
El sol nace cumpliendo nuestra altura. En burla trepa el hogar, bruñendo el humo de las chimeneas que opaca. El sol se dobla por posar sobre nuestras cabezas. Estira sus espaldas con tal de redondear nuestras sombras. Finalmente, el sol se enfría....creyéndose muerto en su proximidad. En su ausencia su sombra compensa, sombra sin cuerpo que a las sombras corpóreas libera.
viernes, 3 de abril de 2009
La venida del ala
Este cuento saldrá en la revista "Hotel Abismo" durante el verano, si quieren una copia avísenme.
Sus brazos se torcían, encaminándose por la dirección opuesta al horizonte. Ese inmóvil crecimiento dejaba clara su búsqueda de la lejanía, pues al ver tal cosa nadie era capaz de reclamar que no lo hacían por maldad, y que no era un accidente. Maldad fue mi primera intención, y a pesar de haber desarrollado después un sentido de culpa, esa fue la explicación con la cual opté quedarme. Fue lo más natural, y no tuve que decidir nada. Seguramente ellos ya tenían una idea, sí, la tenían pero todo era tan callado, y tan intencional que me daba rabia. En cuanto a eso de no saber, eso se dejó atrás. Ellos sabían y por eso luego yo supe. Era por eso que no podía hacer nada al respecto y, total, nunca lo consideré mucho como opción. Pero hubiera sido bueno y admirable. Poder moverse en forma franca. Lo bueno y lo admirable fue que ninguno de ellos era conocido y ahora solo queremos recordarlo en la suma de toda esta historia.
Los vi hacerlo desde una distancia increíblemente lejana, y todo el ambiente podía hasta dar a entender que era un espejismo. Atravesaba un valle medio desértico y frío. Digo desértico pero tenía grama increíblemente verde y húmeda, bien esponjosa y crecida. Eran ellos, en todo caso, los que precipitaban ese cambio instigador por entre los troncos granosos. Y yo enseguida pude completar el resto de la imagen, y sería estúpido decir que pudo haber sido otro acto eso que presencié. Mis ojos pudieron cortar la sequedad del aire que nos separaba ya sin engaños, sin toparse con resistencia natural alguna. Hay cosas que se pueden confirmar de un vistazo.
En todo caso, quiero dejar claro que sentí que lo que ofrecían mis ojos allí, alimentaba mucho a la escena. De nada sirve que se me diga que fue algo que dependió mucho de mi vista, o del ángulo. Todo este tiempo ellos (no ellos, pero los demás) han estado proporcionándome muchas dudas que me permitirían negar, y fue un placer para mí, en un principio, considerar por segunda y tercera vez la presencia de mis prejuicios.
De haber sido todo un designio de mi cabeza hubiese asentido con mayor fuerza. Creo que se le debe dar más espacio a las ocurrencias que a las pruebas interminables que terminan dejando el sabor de toda una burocracia. Así hubiese podido afirmar con mayor confianza que lo vi antes, y se me hubiera ido esa maniática sensación de que me di cuenta muy tarde, y que necesité prácticamente que me lo dijeran con tono burlón y claro: “¡Somos viciosos!” Lo pude haber dicho yo por ellos desde mucho antes, son viciosos. Y ya lo habrán dicho en muchas otras ocasiones, en esas veces en las cuales yo veía como a un saludo amable de los pobres diablos les respondía un silencio contagioso. No fue algo para mí, pero fue para un alguien, y al igual que pudo retarlo a él, me desafió a mí.
Esa autopista es algo larga, y como predijo la misteriosa aparición del último pino antes del valle, faltaba un largo trecho para cubrir ese nuevo espacio al cual me ofrecía. Fue un mal presagio, consecuencia de la manía de esperar siempre algo de las cosas. Iba a una velocidad alta (digna de esas zonas), pero fue fácil digerir la posibilidad de detenerme en el camino. Tanto me acomodé en esa acusación, que me extrañó que no me hubiese convencido de hacer algo así. Seguí acelerando entre la nueva marea de pinos, algo nervioso de expectativas que no podía rastrear y al cabo de unas millas decidí que me iba a detener. Todavía escaseaban los árboles, y varios riachuelos caídos del cielo escandalizaban las hojas, asentando pequeños valles donde las tinieblas escaseaban. Por ahí, entre las angostas explosiones de luz de un sol menguante, vi a la tropa de siluetas rindiéndole culto a un milenio de odio y renuncia. Buscaron lo más bello para darle la espalda, tal vez temiendo que sucediera lo que sucedió hace mucho tiempo atrás, cuando fue la luz la que con su huída les enfrío las pupilas y les encrespó las cejas.
Detuve el carro en un desvío de gravilla y no me pude recuperar del suspenso que me causó esto hasta que otro destello de luz se tropezó conmigo. Me bajé con un frío desgraciado y unas ganas de gritarles. Sólo deseaba ofrecerles más amargura y permitirles a la sorpresa y a la incredulidad acurrucarse entre los dedos de mis puños apretados. Caminé con un poco de resolución por el borde de la brea pero no estaba interesado en revelarles mis intenciones. Sabía más bien que en el fondo esto era algo así como una demostración más de lo que eventualmente sería capaz de hacer.
No quería detestarlos tan rápido. Quería mirarlos y acostumbrarme a sus figuras delgadas, mordidas por la luz que corría entre sus espaldas. No entendía por qué no podría quererles alguna vez, y tampoco quería aceptar la desdicha de tener que descartarlos tan rápidamente. Al final terminé mirándolos con ansia, y quise revelarles algo de mi presencia exponiendo un poco el lado izquierdo de mi cara entre las líneas verticales y horizontales del bosque y la luz. Seguían avanzando en mi dirección, o más bien, en la dirección opuesta al sol. No pude evitar percatar algo así, por lo que me dirigí hacía mi carro nuevamente y pensé en evitar esa tonta idea antes de que se hiciera triste, aterradora luego. Pensé nuevamente en mi casa, y en cómo regresar a ella. Llevaba mucho tiempo lejos por cosas así, y comprendí la resolución con la cual les di la espalda.
Repasé las imágenes. Ofrecían una reverencia ciega al momento de su caída y su ruina. Eran ruinas. Pero eran ruinas muy bonitas y yo no me permitiría negar esa reveladora sensación con un grito. Tampoco pudo el silencio que habíamos acordado el bosque y yo permitir ese escape de aire, y me abrumaba el hecho de que mi determinación luciera tan agobiante como lo único que pude ver en ellos.
Poco después estaba nuevamente al volante, aún un poco aturdido, y las minas de luz sembradas en el cielo frente a mí no ayudaban mucho. Pronto pasé esas tierras de bosques y me interné en un área de prados y fincas. No había mucho que contar ahí. No había mucho excepto quizás que las cosas parecían ser felices por ahí porque eso era territorio explorado, y porque había apacibilidad para comprobarlo. Y me acordé de esas sombras y vi nuevamente su mundo de sol aquí, su relleno. Y no se le podía buscar explicaciones a esas sonrisas, y hubiera sido humillante hacerlo. Pasé de lado y pensé en cómo se le podía pintar sombra encima a esas sonrisas. Noté un despedazamiento de la imagen. Había un esfuerzo y una presión continua que implicaba mucho fisgoneo y amortiguación. Es desesperado incitar al odio en todo, pero es muy certero. En fin, se pueden cubrir valles enteros, aunque se les tenga que pasar encima de forma ligera y lejana como un gran vistazo aéreo.
Miré de nuevo, esta vez hacia unos caballos resoplando en la calle. Pensé en el nivel de crueldad que era posible almacenar en un retrato de ellos y palidecí. Todo se estiraba como una goma cuando se exigía que se multiplicaran las críticas. ¿Cuándo alguien le daría fin a algo así? ¿Cuándo se contentaría y con cúanto? ¿Sería preciso que tuvieran que tachonear la imagen varias veces para poder soportarla? ¿A qué fin la llevarían? ¿Al suyo? Seguramente no era siquiera su intención. No, no es un fin, es una continuidad. Una continuidad de malas ideas e imágenes mal soñadas. Porque, qué fin puede dársele a la riesgosa tentación de registrar mal hasta el punto de atribuírselo al origen de cada imagen que presenciamos?
Seguí afirmando pensamientos y repitiéndolos en lo que duró el resto del viaje. Entre tanto, no pude encontrar otro valle que me abriera el paso tal y como ése lo logró en unos minutos. Trocitos de luz perdida ahora rastreaban la dirección de su origen por la brea rápida de mi rumbo y sólo podía ver esa versión del paisaje. Me detuve varias veces en el mundo abrupto, dándole un nuevo lugar a las emociones sobrevivientes de ese debris mental que me acosaba hasta el presente immediato de las ruedas del carro.
—Todos somos ruinas —irrumpió en mi mente una voz que parecía sorprenderse de sí misma. ¿Pero de qué vale sobre esta tierra y gravilla ser el que sólo puede criticar a sus difuntos?
Por ahí cerca viene el convento. Ya míralo pasar, todavía me río y no consigo algo mejor, algo que busco. Hay muchos que han procurado desarrollar una habilidad certera para sacar chistes graciosos fuera de ese edificio de piedra y blancura. Se fijan en simples monjas, con deseos igualmente simples, para que sus versiones complicadas sean aún tan verdaderas como la primera. Al final resulta como interrogar lo bueno para cambiar la version de la historia y declarar que el bien se origina en el mal. Lo bueno no parece ser capaz de ser natural, y siempre hay un comentario verdadero con el cual desplazarlo hasta el absurdo. Odio, siempre te has ganado el favor del hombre... o siempre has merecido algo tal. No sé… se puede siempre esperar más del humano, pero son sólo etapas para crear. Sin ti no puede haber resentimiento porque ¿a quién más se lo podríamos dirigir? Y tú en cambio te dedicas a odiar nuestros lazos con la vida.
Pasé por rutas más pobladas, ya llegando a mi casa. Los bosques de espinillas lanceadoras ya no podían cortarme en nada y la gente se empaquetaba más a medida que reconocían su miedo en el otro. Me adelanté entre la gente y no quise mirarles las caras mientras mi carro los dejaba cortos atrás. Hay muchas señales de vida en mi pueblo. Déjalas pasar y lo reconocerás muy bien, pero acelera.
Hay un tallo para el ala. Giré el manubrio porque había alguien cruzando a la entrada de mi urbanización. Fue momento, me esforzaba en enfocar los ojos, y veo que no olvido nada. Hermes, el mensajero liviano, tuvo como punto de origen su talón. Talón de Aquiles, para poder entonces volar con paso certero sobre objetos y lugares. Acababa de oir un golpe pero tenía que pronunciar en silencio la sentencia, terminada, antes de acabar todo. El carro encayó en el fanguero de la acera y acelerar no ayuda de nada. Sí, el ala del talón, rápido, el paso refinado para no plantearse nada más en el fin en que se reconsidera. Hablando de la justicia de la Tierra, tengo que reestablecer comunicación con el cuartel. Eso... es la justicia al servirle de leve mensajero a deidades desperdigadas por la tierra, alargando sus grietas mediante la conexión. Entre tanto también existe la opción de reconocer en los otros una igual susceptibilidad ante la maldad. Una vez la identifiques, sabrás por qué les das la misma oportunidad de mostrar su potencial. La gente ya empezó a salir.
Me bajo del carro con una mueca que me avergüenza por no ser lo mejor que pueda comunicar en esta situación. Tendré que sacar el carro, pero primero está ahí el dueño del patio que dañé. Lo miré a tiempo como para retener el reto que tenía en mente. Parecía tener una razón para permanecer callado, caminando tranquilamente y con un paso airado.
—¿Te diste cuenta de algo?
—Perdón, no lo vuelvo a hacer —digo, —aparte de eso, perdón.
—No, pero mira... detrás.
Aún cansado por la rebeldía de mis palabras, me apresuro a proseguir con la disculpa anterior.
—No, maldición.
El niño me miró tan pronto lo pude ver. y seguía sentado. Miré rápidamente al señor y reconocí un hilo de complicidad entre ellos. El señor terminó de acercarse al niño y lo recogió.
—Nunca lo puso en peligro...y sin embargo no lo vio. Eso hace el potencial mucho más certero. ¿Podemos sacar algún alivio de ello?
El señor aceleró la última frase, cerrando la boca con los ojos amigables. Era mayor, y se podía definir al niño como su nieto.
—Por supuesto que no, ¿qué hacer?
—Pude advertir, una vez el muchacho estuvo a salvo... pude ver que seguía acelerando aún cuando el carro estaba totalmente hundido en la tierra.
Enseguida lo noté, lo usual. De nuevo alguna desmaterialización que se adelantaba a mi análisis. Saqué un sí muy inmediato.
—Sí. Que brusquedad, pude haberlo hecho mejor. No hay forma de excusarme. ¡Si no es usual! No lo espere más
—No, olvídelo, sé que no es usual —respondió el señor. Llevaba una camisa de botones y era mayor, como de sesenta. Parecía estar concentrado, así que soltó al niño, quien siguió hacia la casa. Luego, él le siguió y se detuvo en la puerta.
—Espérese por favor.
Salió con un palo de escoba y lo hincó bien en la tierra, bajo la rueda hundida, como soporte.
—Ven —me miró
Corrí, alcancé el carro. Lo pude sacar del barro donde se hundía. Antes de alinearlo sobre el pavimento el señor dio la espalda y me despidió aleteando la mano sobre su cabeza, mirando todavía con el rabillo del ojo. Aceleré, gritando un gracias hasta mi casa. No me encontraba tan lejos, ya, pensé.
Es tarde, las horas más cansadas del día. Son las cuatro y media. Reconocí mi casa como es de esperar. Me senté rápidamente a la computadora ante la posibilidad de balancear todo lo que me acontece. Cuando uno espera, ansía sobre todo conocer las consecuencias del desorden que ofrece un acontecimiento así. Tan sólo desinteresarse en la solidez del momento.
El resto se me hizo fácil. Ansié un condicionamiento, la tierra, donde el ala no puede invertir a la tierra con el fin de elevar un mundo de vientos. Ese ritmo era mi vida, un registro de mis ideas, donde le asignaba nuevos maniquíes a cada una a medida que se me ocurrían y que las descartaba. Cargando con esa mezcla trágica que se seguía sumando, revisé todo mi correo electrónico. Lentamente fue ocurriéndoseme la idea de mandarle a uno de mis compañeros una vieja reacción que había anotado acerca de una súplica. La súplica involucraba a un hombre que iba a ser degollado en diez horas, hace diez días, por ser el sospechoso principal de un crimen que quedó sin pies ni cabeza. Siendo quien soy, le pasé de largo al crimen dada la idea que poblaba mis sienes, la de una reacción. Escribí esto que ahora le enviaré a un amigo: “La justicia parece tomar vuelo. Ya no encuentro nada en ella para mí”.
Cerré la ventanilla y vi que pude dividir el tiempo fácilmente entre cada noticia. No había ya mucho de qué hablar, había tantas. ¿Qué se hace cuando se menciona un caso, para ignorar los otros? No digo que no es posible. Se puede hacer de todo, incluyendo el notar una nueva sorpresa en tu cuerpo ante algo que se supone hayamos adoptado como nuestro hace mucho tiempo. Me conecté de nuevo y no vi ningún mensaje excepto el que me había mandado yo ahora mismo. ¿Y esto, que hay de nuevo en ello para mí? ¿Sería ceder a algo sin proceso, alguna suspensión de la reflexión?
Vamos antigua sabiduría, a dormir. No pasa de las seis de la tarde y es ahora que me doy cuenta de este lamentable desacuerdo del tiempo. Como es de esperar, me obligué a concederle certidumbre a su súplica. Si me dormía ahora, lo usual era que luego la caída del día retomara su posición en mí. Ya esto me reanimó lo suficiente como para descarrilar mi caminata desde la cama hacia la cocina. Si no dormía ahora, tenía que jugármelas con la comida. Algo me comí, pero el sueño me convenció de no prestarle más atención, lo suficiente como para ahora no renombrarlo. Noté la colcha del sofá al lado y no vi qué daño me podía hacer algo así, que ahora me reanimaba aún más. Enseguida quedé dormido.
Reconozco algo del sueño ahora que me levanto. Es preciso que haya visto ese desierto por algún lado, basta con que lo reconozca en algún área cualquiera, incluyendo cualquier programa de televisión. Reajusté tanto las tonalidades ahí que recuerdo haber añadido un recorrido cuadriculado del sol, anticipando la integración de nuevas ideas. Por consecuencia, brillaron muchas piedras, yo recogía algunas que se posicionaban de forma impresionante ante mis pies. Di en tirarlas cada vez que notaba que el saco estaba muy lleno. Las miraba de nuevo y las identificaba con piedras que ya no contaban con los artificios de un sueño. Reconstruí todo el paisaje nuevamente, de una ojeada, antes que me olvidara. Me topé con algo más. Era una corona alada, un yelmo, más bien, todo de bronce. Lo recogí y lo reinstalé en mi cabeza, sobreentendiendo que no lo hacía porque me considerara digno de él. Caminé un trayecto más así, donde ya el resto del paisaje no fue muy importante y éste mismo me exigía prisa nublándose cuando le miraba. Llegué, luego de rehusarme a mirar, a una empalizada de madera donde había unos soldados en vigilancia. Enseguida me colocaron las puntas de las lanzas en la espalda porque cometí el error de arrodillarme. Me preguntaron la razón por la cual tenía el yelmo y ahí fácilmente pude recuperar con claridad el atributo más simlple de esa acción de recogerlo del suelo. Lo cargaba por otro y asi lo dije de inmediato. Me lo coloqué luego en las manos y los soldados entendieron, y me pude elevar yo. Ahí terminó el sueño, su progreso contenido por una gran satisfacción que aún ahora me hincaba. Ahora... tengo que reconstruir todo lo que se desenvuelve entre estos dos espacios. ¿Cómo apreciarlo y cómo reconocer su llegada? Un sueño que suma actualidades sólo puede contraer todas las posibilidades en este espacio de una vez y por todas. Sólo presente, ahora, sin más opción que la de acumular más potencial. Y eso no debe abandonar el mundo de las sombras, ese sueño sólo debe criar al presente. Es común desvincularlo, alejarlo aún más por tener carácter de esas cosas que sólo suceden debido a uno, junto a uno y dentro de uno. Al fin y al cabo, uno lo puede recordar bien nada más por su estado desaprobado de recuerdo, donde sirve como memoria que no le sirve al mundo, memoria reconocida como otra.
El mundo de las sombras parece continuar por cuenta propia en otras cosas. En otras cosas, otros movimientos y sucesos, pero no se destacará el evento cuando una sombra sólo puede darle cobija mediante su estorbo visual, una cara quemada, irradiando hasta nosotros todo lo suyo. El mundo de las sombras, que impresiona con su llegada, como extraterrestre, pretendiendo conquistar al mundo diciéndonos a todos que nunca tuvo nada que ver con nosotros, pero que ahora podría ser nuestro y que ahora es que nos va a fortalecer él por su lado, siempre al otro lado del río. Mientras tanto nostros nos odiaremos por tener que atribuírnos nuestras diferencias, justo ahora y después de un período que sólo podemos recordar como bueno antes de cerrar las manos en inactividad mental. No, más bien es que las sombras no le juran lealtad a ningún tiempo, por tener que re-enfocar su objetivo, el irritar, el sorprender. Tomarnos con una llegada, siniestra, sí, pero siempre gloriosa. Y nosotros por nuestro lado miraremos el salto, mediremos la distancia entre lo que era antes y después y no saldrán metros, sino la convicción constante de que cualquier otra cosa fue siempre mejor a ésa.
Y ahora, nuevamente: el sueño. Porque luego seguiremos nosotros por nuestra cuenta caminando por un valle salpicado bajo nuestros pies por la brutalidad de nuestros ojos. Y esos ojos se atribuirán el orgullo de ser aurigas cerciorándose de algo que ya vieron. La puerta, ya la había abierto, y por eso me hallaba caminando hacia afuera.
¿Qué hay en todo esto, que exija tantas expectativas?
Un paseo no me fue mal. Ya pateaba las hojas como se suele hacer cuando se acurrucan por el camino. Crujieron muchas y después de un tiempo él asentó su tranquilidad sobre ellas. Todo se movía luego junto a sus pies, unos cuantos pasos a lo largo del camino. Casi todo se suavizaba bajo sus pies, y la memoria los tranquilizaba constantemente. Cayó en un ensimismamiento partícipe del cansancio espiritual. ¿Qué iba a decirles, qué podía producir él para las hojas del viento? Cómo podría extender esos viajes fugaces que lo cruzaban con hojas y empujones? Estuvo un tiempo conciente de este malestar y se durmió hasta confiar en sus piernas…
Así siguió caminando, ahora cumpliendo con esa tensión, suspendiéndola como se debe y haciendo muchas cosas como se debe con ella, cuando no se debe nada más. Pasó algo en lo alto, sobre sus ojos, muy fijo en su memoria y en su frente fruncida. Y él sólo podía imaginar un ala. Brotó entre cadenas de hojas y polvo de tierra, mientras el ambiente apocalíptico de toda una pintura se forjaba. Muchas ideas se cierran, independientemente de su promesa o dulzura, como el daño colateral que exige alguien que no se consideraba digno de nacer.
¿Y qué podía él hacer, cómo podía exigir un fin a ese cierre? No quería provocar el despido de tantos impulsos. Se palpaba a medida que lo interrumpía todo, tocándose la frente. Así pues, sólo se le podía exigir un último esfuerzo que suspendiera todo de un golpe. Pero nadie buscaba eso. Pero ahora se le ocurría provocar el colapso de un mundo ante el orgullo de su gloria. El resultado era una sustitución de pensamientos, todos inexplicables ante la forma en que se da lo inconcebible. La forma de un ala traspasa así el cerebro entre otras formas más, mientras aspira el polvo de la tierra lo acrecienta como montañas en sus pulmones.
Siguió caminando. Consideraba calles, pintadas de granos, brea y bloques, un cielo omnipresente que bajaba hasta sus sienes y como siempre, también consideró su persona. Luego vio al señor mayor sentado afuera. Había un balcón de ladrillos frente a él, junto a unas escaleras de madera plana. Le impresionaron todos los tropezones que tendría que darse con todos esos intermediarios antes de llegar a él. Un recuerdo antiguo le permitió subir. Nunca antes había querido ser amigo de un extraño así. Después de un tiempo, hasta los ladrillos parecieron amigables, lo animaron. Esto lo pudo considerar con alivio. Se acercó y deseó quedarse a esperar bajo el balcón, pero una corriente de frescura renovó toda la maquinaria de invasión que había ingeniado. Las palabras fueron: “Te invito a subir” y vinieron del viejo a quien miraba.
Rió y se preguntó qué más, pero siguió caminando por el camino que trazaba el señor mientras se daba la vuelta para meterse en la casa. Al rato el señor regresó con dos tazas de té. Se sentaron.
—Si es sobre el niño, déjeme decirle que sigue vivo gracias a usted.
La risa lo tentó, por no hacer nada más. Pero el viejo por su parte habló de nuevo.
—No se sorprenda, no es tan fácil matar, así como no es tan difícil pasar de la vida a la muerte.
—Eso lo pude haber dicho yo —pensé en voz alta.
—¿Cómo?
—No no, que ahora que lo oigo pensé decir lo mismo, pero antes.
—Oh.
Nunca se había alarmado el viejo, pero entonces ¿por qué pensé que no me entendió?
—Gracias —repitió. No, más bien lo dijo. Pero ahora: —pero es por reconocer las palabras, que conste. O sea, por aclararlas de nuevo.
—Oh. Las disculpas eran bien intencionadas, no pretendía alejarme de mi primera impresión.
El viejo se sentó mientras el ceño se perdió cruzado en la mirada.
—Repita eso, por favor, no me quiero perder nada.
Su mirada hacia el piso me desequilibró. Necesité mirar de nuevo las tablas de madera medieval por mi cuenta.
—Qué perturbador.
—Verdad que es extraordinario. Muy, muy sorprendente.
Silencio. Pero me apresuré después a predecir de una vez y por todas lo ocurrido. Primero él lo dijo, luego yo lo dije.
—¿También lo interrumpió la naturaleza?
—Lo reconoció entonces, como yo. Hablo ahora sobre cuando tuvo el desliz. Estaba totalmente consciente de la rapidez de los eventos, y de su organización tan precisa. Me refiero a que estuvo cerca de poder agarrarlos por la cola para detenerlos y recorrer toda esa distancia sobre ellos.
Esto parecía estirar lo que ya se había dado y seguía todavía dándose pero por su cuenta. Ahora, sin embargo, estaba lo suficientemente lúcido como para continuarlo. Pero tenía que iniciarse en nuevos caminos de atributos y de conocimientos. Tenía que quedar claro que la exclusión de esta realidad no era inminente, y que la urgencia del asunto tampoco requería reemplazarlo todo.
Y ahora miré al viejo muy de cerca y pensé resumirlo todo en ese ambiente. Muy bien.
—¿Cómo te llamas? —Silencié mi interior así.
Mientras lo replaneaba todo de una vez en mi cabeza no pude concebir una respuesta. Pero él por su parte, continuó.
—Alejandro —dijo.
Y siguió:
—Para colmo quiero conmemorar todo un historial de deseo con esta repetición. Toma lo que te he permitido escuchar sin que esta transgresión banal sobre la repetición te anime a cambiar la conversación. Lo recuerdo todo, las disculpas eran bien intencionadas, no tenía intención de alejarme de mi primera impresión. Me permite mucho eso. Y te cito muchas veces añadiendo esto ahora para que sea nuevo. Lo que se da ahora es el placer de poder apremiar con importancia la reacción humana ante el mundo.
—Te quedaste callado, —pude decir.
Ya no llegaban ni sonidos ni imágenes y me dolía la cabeza de sólo ver eso. Me levanté y mis ojos rodaron de eje a eje inmediatamente para ajustar los puntitos en la pupila.
—Ah, malditos puntos ciegos —dije.
Alejandro sonrió y se inclinó. Miró luego los árboles frente al entablado de su balcón. Pero el también buscaba el fuego, algo que pude ver en el comportamiento de los árboles.
—Caminar disipa todo ese malestar. Lo verás pasar así por los lados —dijo sonriendo, mientras balanceaba sus brazos hipnóticamente ante sí.
—¿Por todos los lados? —pregunté. Tenía ganas de aventurarme. Por su lado, desató todos los nudos de mi garganta rápidamente con un “no” que azuzó mi espera aún más. Tragué saliva por no haber podido tragarme mi idea. Se veía muy viejo.
—Sólo míralo irse, que siempre se asienta —dijo de una vez por todas al yo no teminar de buscar la vuelta a sus palabras. Se fatigaba.
—Perdón por transferirte toda la carga. —Me ofendí por la ofensa que no pude ver jamás en él. Tuvo que dominar su cuerpo, que se le adelantaba a la mente, despertando todos sus dolores. Su sobriedad le exigía más competencia al cuerpo, ese triste consejero que te dice que estás realmente mal al final, y que lo debes cuidar más que a cualquier otra cosa.
—No, no. No fuiste tú, fui yo, de nuevo reconectándolo todo a la conciencia. —Se aseguró de añadir como final: —No sé, mantente siempre a mi paso, que tienes que estar conmigo, vigilándome.”
—Ja —sonreí de forma áspera.
—No, de veras —renunció fuertemente. —No vaya a ser que me lleve a mí mismo de por medio pateando todas las hojas.
—No se inquiete —le pude confesar después de pensar bien sus palabras. Estaré con usted siempre.
Me sonrió, ya tropezándose, tan rápido. Pero la vergüenza que lo sorprendió ya era muy rápida.
—Es usted muy amable.
Y con esto le tembló la boca: —Aquí en mi vida todo es duro, se puede decir con... travesura. ¡Qué riesgo desventurado!
—¿Allá? —Bromeé. Viéndolo postrar su doblegada vejez sobre un tambaleo de ramas. No me podía mover, odiosamente. Mi pregunta aceptó su estado y ahora esperaría a que llegara su respuesta.
Abrió la boca. Pero el viento se encaminó por sus labios. ¿Qué si hasta por las mismas palabras?
—Todavía tiene buen pulso —consentí a su silencio.
La caminata sucedió después. Era un día tormentoso, donde las escobas árboles barrían el polvo de esa antigua bóveda del cielo. La tierra soplaba en su rumbo.
Ahora el banco bajo nosotros, sí, aunque fuese media hora después, todavía se hundía bajo la maravillosa presencia de un campo visual celestial, con maderos robando despacio en toda el recorrido de lo que era capaz de caber dentro de nuestros ojos. Intenté darle un vistazo al recorrido pero siempre me decía algo más.
—Devuélvete —fue lo que dije en cambio.
Pero no lo imaginaba. No era mi trabajo y sin embargo seguían los pinos malditos, y el pasto, preparados para más de eso.
Se fue corriendo. Y todos parecieron siempre alentarlo a eso, a un abandono. Y el mundo siempre alerta e indeciso, tan y tan cauteloso. Y el odio siempre lo pudo ver con él, el odio al reconocer su poder de descubrir todo lo que necesitaba la gente. De confesárselo a sí mismo. ¿Pero como podía no odiarlos por su cuenta, por él? ¿Cómo podía pretender tanto, hasta allí?
Me detuve. Un estallido de aguas y ventoleras se originó entre los cortos circuitos de las hojas. La arenilla se esparció toda a partir de un punto antiguo, a partir de todas las pilas de hojas. Yo entre tanto seguía parado, entre más tallos, hundiéndolo todo por buscar un espacio de consistencia. La tierra era fértil, agusanada, con los seres más antiguos que se pueden encontrar por doquier aguardando ese momento. Uno de los insectos encontró mi pierna, pero ya había más que ubicaban mis hombros y cuello cuando intenté alejarme. La vida me advertía que me presentaba por última vez a Alejandro, pero había algo más.
Mi casa no era nada, y allí seguía yo sobre mis dos piernas cuando llegué al espacio abierto que se podía rehabitar. Me monté en el carro y lo que sucedió fue lo siguiente. Que no es un fin, que es una continuidad. Porque ¿qué fin se puede dar a la riesgosa idea de concebir mal hasta el punto de atribuírselo al origen de cada imagen que presenciamos?
Seguí afirmando pensamientos y repitiéndolos en lo que duró el resto del viaje. Entre tanto, no pude encontrar otro valle que me abriera el paso tal y como ése lo logró en pocos minutos. Trocitos de luz perdida ahora rastreaban la dirección de su origen por la brea rápida de mi rumbo y solo podía ver esa versión del paisaje. Me detuve varias veces en el mundo abrupto, dándole un nuevo lugar a las emociones, sobrevivientes de ese debris mental que me acosaba hasta el presente immediato de las ruedas del carro.
Te conjuro, mundo, y esta será la primera vez en que te podré concluir. Los árboles se quedaban mirando, locos por fin, ahora. Sonaron disparos en el aire y en el proceso de odiar varios agujeros reformaron la tierra y el ozono. Todo porque la gente ya era inmortal, porque había que abrirle paso al fin de un mundo. A mi izquierda varios disparos más, mientras me inclinaba en la carrera viendo el campo doblarse ante mí en son de burla. Pronto también me abrieron las lágrimas. Qué horrible que me distrajeran. Veía la grama alta poblar en hileras los bordes de mis ojos, quebrándose a medida que mi partida se hacía más inestable. Los changos me sorprendieron volando sobre mis pies, volando fuera de las corrientes de aire. Un ala más partió de mi cabeza, partiéndola, desprevenida de la desconexión del mundo. A medida que salía despedida hacia el exterior de esta esfera lijada, se desenvolvía y desplumaba, menguando toda la pintura blanca fuera de sí misma.
Lo miré todo y todavía no pude. Todo. Porque no eres tú. Las sombras, en cambio, se acordaron de ellas mismas. Eso era territorio explorado. Y no había podido encontrar nadie otro valle que le abriera paso tal y como ése lo hizo. Ya cuando mi abstracción se servía de todo, esperándolo todo de todo. Un bien externo sobre mi mal externo.
¿Pero qué eran estos vientos, estos...don aires? Que ahora venían como rumores sin pies ni cabeza, dándose el don de la omnipresencia. ¿Cómo era posible que lo cubrieran todo, rompiendo toda la cooperación de un mundo fértil? ¿Qué es lo anormal que hace que todo lo cruel se internalice mientras sigue sugiriendo anacronía y desacuerdo? Tierra, germina en ti… por vez primera para mí, por vez siempre para ti. Esos rumores ajenos se reclaman partidarios de nuestras bocas y no sé cómo, pero se vieron desde siempre entre nuestras manías, y desafortunado fue el día en que se pudieron idear entre nuestros pequeños trazos de tinta.
¿Cómo podemos renegar de algo que, lamentablemente, creemos digno de nosotros en un principio? Un principio que ahora ni siquiera debe concebirse como el paridor de este final. Un principio que fue solo la continuidad de algo más. ¿Por qué, en la sombra, no podemos aceptar mejor el deseo de lo bueno que la súplica a la desgracia? ¿Qué sismo ocurrió entre ellas, que antes el sol provocaba una sombra ante nosotros? Antes se le debió sumar a la idea del odio la idea de la renuncia a él.
Pero de ahí también vino el ala. Y por más que sobrepasara, en mi actitud de engaño, ese momento, preciso o accidental, digo que pude ver cómo cabía la posibilidad. La posibilidad del momento, del mundo, del ingenio de una mente agotada, pero efervescente. De ahí el mundo partiría ahora y así vería toda la transfomación. No sé nada ahora, pero puedo ver muchos detalles partir inregistrados. La luna ejercía su gravedad y yo predecía su dolor inmenso. La tierra ya se está levantando a partir de lo otro que veía formarse bajo ella. A pesar de ello. Porque su mole protegía toda una encrucijada de indefinibilidad. A pesar de ello.
Sus brazos se torcían, encaminándose por la dirección opuesta al horizonte. Ese inmóvil crecimiento dejaba clara su búsqueda de la lejanía, pues al ver tal cosa nadie era capaz de reclamar que no lo hacían por maldad, y que no era un accidente. Maldad fue mi primera intención, y a pesar de haber desarrollado después un sentido de culpa, esa fue la explicación con la cual opté quedarme. Fue lo más natural, y no tuve que decidir nada. Seguramente ellos ya tenían una idea, sí, la tenían pero todo era tan callado, y tan intencional que me daba rabia. En cuanto a eso de no saber, eso se dejó atrás. Ellos sabían y por eso luego yo supe. Era por eso que no podía hacer nada al respecto y, total, nunca lo consideré mucho como opción. Pero hubiera sido bueno y admirable. Poder moverse en forma franca. Lo bueno y lo admirable fue que ninguno de ellos era conocido y ahora solo queremos recordarlo en la suma de toda esta historia.
Los vi hacerlo desde una distancia increíblemente lejana, y todo el ambiente podía hasta dar a entender que era un espejismo. Atravesaba un valle medio desértico y frío. Digo desértico pero tenía grama increíblemente verde y húmeda, bien esponjosa y crecida. Eran ellos, en todo caso, los que precipitaban ese cambio instigador por entre los troncos granosos. Y yo enseguida pude completar el resto de la imagen, y sería estúpido decir que pudo haber sido otro acto eso que presencié. Mis ojos pudieron cortar la sequedad del aire que nos separaba ya sin engaños, sin toparse con resistencia natural alguna. Hay cosas que se pueden confirmar de un vistazo.
En todo caso, quiero dejar claro que sentí que lo que ofrecían mis ojos allí, alimentaba mucho a la escena. De nada sirve que se me diga que fue algo que dependió mucho de mi vista, o del ángulo. Todo este tiempo ellos (no ellos, pero los demás) han estado proporcionándome muchas dudas que me permitirían negar, y fue un placer para mí, en un principio, considerar por segunda y tercera vez la presencia de mis prejuicios.
De haber sido todo un designio de mi cabeza hubiese asentido con mayor fuerza. Creo que se le debe dar más espacio a las ocurrencias que a las pruebas interminables que terminan dejando el sabor de toda una burocracia. Así hubiese podido afirmar con mayor confianza que lo vi antes, y se me hubiera ido esa maniática sensación de que me di cuenta muy tarde, y que necesité prácticamente que me lo dijeran con tono burlón y claro: “¡Somos viciosos!” Lo pude haber dicho yo por ellos desde mucho antes, son viciosos. Y ya lo habrán dicho en muchas otras ocasiones, en esas veces en las cuales yo veía como a un saludo amable de los pobres diablos les respondía un silencio contagioso. No fue algo para mí, pero fue para un alguien, y al igual que pudo retarlo a él, me desafió a mí.
Esa autopista es algo larga, y como predijo la misteriosa aparición del último pino antes del valle, faltaba un largo trecho para cubrir ese nuevo espacio al cual me ofrecía. Fue un mal presagio, consecuencia de la manía de esperar siempre algo de las cosas. Iba a una velocidad alta (digna de esas zonas), pero fue fácil digerir la posibilidad de detenerme en el camino. Tanto me acomodé en esa acusación, que me extrañó que no me hubiese convencido de hacer algo así. Seguí acelerando entre la nueva marea de pinos, algo nervioso de expectativas que no podía rastrear y al cabo de unas millas decidí que me iba a detener. Todavía escaseaban los árboles, y varios riachuelos caídos del cielo escandalizaban las hojas, asentando pequeños valles donde las tinieblas escaseaban. Por ahí, entre las angostas explosiones de luz de un sol menguante, vi a la tropa de siluetas rindiéndole culto a un milenio de odio y renuncia. Buscaron lo más bello para darle la espalda, tal vez temiendo que sucediera lo que sucedió hace mucho tiempo atrás, cuando fue la luz la que con su huída les enfrío las pupilas y les encrespó las cejas.
Detuve el carro en un desvío de gravilla y no me pude recuperar del suspenso que me causó esto hasta que otro destello de luz se tropezó conmigo. Me bajé con un frío desgraciado y unas ganas de gritarles. Sólo deseaba ofrecerles más amargura y permitirles a la sorpresa y a la incredulidad acurrucarse entre los dedos de mis puños apretados. Caminé con un poco de resolución por el borde de la brea pero no estaba interesado en revelarles mis intenciones. Sabía más bien que en el fondo esto era algo así como una demostración más de lo que eventualmente sería capaz de hacer.
No quería detestarlos tan rápido. Quería mirarlos y acostumbrarme a sus figuras delgadas, mordidas por la luz que corría entre sus espaldas. No entendía por qué no podría quererles alguna vez, y tampoco quería aceptar la desdicha de tener que descartarlos tan rápidamente. Al final terminé mirándolos con ansia, y quise revelarles algo de mi presencia exponiendo un poco el lado izquierdo de mi cara entre las líneas verticales y horizontales del bosque y la luz. Seguían avanzando en mi dirección, o más bien, en la dirección opuesta al sol. No pude evitar percatar algo así, por lo que me dirigí hacía mi carro nuevamente y pensé en evitar esa tonta idea antes de que se hiciera triste, aterradora luego. Pensé nuevamente en mi casa, y en cómo regresar a ella. Llevaba mucho tiempo lejos por cosas así, y comprendí la resolución con la cual les di la espalda.
Repasé las imágenes. Ofrecían una reverencia ciega al momento de su caída y su ruina. Eran ruinas. Pero eran ruinas muy bonitas y yo no me permitiría negar esa reveladora sensación con un grito. Tampoco pudo el silencio que habíamos acordado el bosque y yo permitir ese escape de aire, y me abrumaba el hecho de que mi determinación luciera tan agobiante como lo único que pude ver en ellos.
Poco después estaba nuevamente al volante, aún un poco aturdido, y las minas de luz sembradas en el cielo frente a mí no ayudaban mucho. Pronto pasé esas tierras de bosques y me interné en un área de prados y fincas. No había mucho que contar ahí. No había mucho excepto quizás que las cosas parecían ser felices por ahí porque eso era territorio explorado, y porque había apacibilidad para comprobarlo. Y me acordé de esas sombras y vi nuevamente su mundo de sol aquí, su relleno. Y no se le podía buscar explicaciones a esas sonrisas, y hubiera sido humillante hacerlo. Pasé de lado y pensé en cómo se le podía pintar sombra encima a esas sonrisas. Noté un despedazamiento de la imagen. Había un esfuerzo y una presión continua que implicaba mucho fisgoneo y amortiguación. Es desesperado incitar al odio en todo, pero es muy certero. En fin, se pueden cubrir valles enteros, aunque se les tenga que pasar encima de forma ligera y lejana como un gran vistazo aéreo.
Miré de nuevo, esta vez hacia unos caballos resoplando en la calle. Pensé en el nivel de crueldad que era posible almacenar en un retrato de ellos y palidecí. Todo se estiraba como una goma cuando se exigía que se multiplicaran las críticas. ¿Cuándo alguien le daría fin a algo así? ¿Cuándo se contentaría y con cúanto? ¿Sería preciso que tuvieran que tachonear la imagen varias veces para poder soportarla? ¿A qué fin la llevarían? ¿Al suyo? Seguramente no era siquiera su intención. No, no es un fin, es una continuidad. Una continuidad de malas ideas e imágenes mal soñadas. Porque, qué fin puede dársele a la riesgosa tentación de registrar mal hasta el punto de atribuírselo al origen de cada imagen que presenciamos?
Seguí afirmando pensamientos y repitiéndolos en lo que duró el resto del viaje. Entre tanto, no pude encontrar otro valle que me abriera el paso tal y como ése lo logró en unos minutos. Trocitos de luz perdida ahora rastreaban la dirección de su origen por la brea rápida de mi rumbo y sólo podía ver esa versión del paisaje. Me detuve varias veces en el mundo abrupto, dándole un nuevo lugar a las emociones sobrevivientes de ese debris mental que me acosaba hasta el presente immediato de las ruedas del carro.
—Todos somos ruinas —irrumpió en mi mente una voz que parecía sorprenderse de sí misma. ¿Pero de qué vale sobre esta tierra y gravilla ser el que sólo puede criticar a sus difuntos?
Por ahí cerca viene el convento. Ya míralo pasar, todavía me río y no consigo algo mejor, algo que busco. Hay muchos que han procurado desarrollar una habilidad certera para sacar chistes graciosos fuera de ese edificio de piedra y blancura. Se fijan en simples monjas, con deseos igualmente simples, para que sus versiones complicadas sean aún tan verdaderas como la primera. Al final resulta como interrogar lo bueno para cambiar la version de la historia y declarar que el bien se origina en el mal. Lo bueno no parece ser capaz de ser natural, y siempre hay un comentario verdadero con el cual desplazarlo hasta el absurdo. Odio, siempre te has ganado el favor del hombre... o siempre has merecido algo tal. No sé… se puede siempre esperar más del humano, pero son sólo etapas para crear. Sin ti no puede haber resentimiento porque ¿a quién más se lo podríamos dirigir? Y tú en cambio te dedicas a odiar nuestros lazos con la vida.
Pasé por rutas más pobladas, ya llegando a mi casa. Los bosques de espinillas lanceadoras ya no podían cortarme en nada y la gente se empaquetaba más a medida que reconocían su miedo en el otro. Me adelanté entre la gente y no quise mirarles las caras mientras mi carro los dejaba cortos atrás. Hay muchas señales de vida en mi pueblo. Déjalas pasar y lo reconocerás muy bien, pero acelera.
Hay un tallo para el ala. Giré el manubrio porque había alguien cruzando a la entrada de mi urbanización. Fue momento, me esforzaba en enfocar los ojos, y veo que no olvido nada. Hermes, el mensajero liviano, tuvo como punto de origen su talón. Talón de Aquiles, para poder entonces volar con paso certero sobre objetos y lugares. Acababa de oir un golpe pero tenía que pronunciar en silencio la sentencia, terminada, antes de acabar todo. El carro encayó en el fanguero de la acera y acelerar no ayuda de nada. Sí, el ala del talón, rápido, el paso refinado para no plantearse nada más en el fin en que se reconsidera. Hablando de la justicia de la Tierra, tengo que reestablecer comunicación con el cuartel. Eso... es la justicia al servirle de leve mensajero a deidades desperdigadas por la tierra, alargando sus grietas mediante la conexión. Entre tanto también existe la opción de reconocer en los otros una igual susceptibilidad ante la maldad. Una vez la identifiques, sabrás por qué les das la misma oportunidad de mostrar su potencial. La gente ya empezó a salir.
Me bajo del carro con una mueca que me avergüenza por no ser lo mejor que pueda comunicar en esta situación. Tendré que sacar el carro, pero primero está ahí el dueño del patio que dañé. Lo miré a tiempo como para retener el reto que tenía en mente. Parecía tener una razón para permanecer callado, caminando tranquilamente y con un paso airado.
—¿Te diste cuenta de algo?
—Perdón, no lo vuelvo a hacer —digo, —aparte de eso, perdón.
—No, pero mira... detrás.
Aún cansado por la rebeldía de mis palabras, me apresuro a proseguir con la disculpa anterior.
—No, maldición.
El niño me miró tan pronto lo pude ver. y seguía sentado. Miré rápidamente al señor y reconocí un hilo de complicidad entre ellos. El señor terminó de acercarse al niño y lo recogió.
—Nunca lo puso en peligro...y sin embargo no lo vio. Eso hace el potencial mucho más certero. ¿Podemos sacar algún alivio de ello?
El señor aceleró la última frase, cerrando la boca con los ojos amigables. Era mayor, y se podía definir al niño como su nieto.
—Por supuesto que no, ¿qué hacer?
—Pude advertir, una vez el muchacho estuvo a salvo... pude ver que seguía acelerando aún cuando el carro estaba totalmente hundido en la tierra.
Enseguida lo noté, lo usual. De nuevo alguna desmaterialización que se adelantaba a mi análisis. Saqué un sí muy inmediato.
—Sí. Que brusquedad, pude haberlo hecho mejor. No hay forma de excusarme. ¡Si no es usual! No lo espere más
—No, olvídelo, sé que no es usual —respondió el señor. Llevaba una camisa de botones y era mayor, como de sesenta. Parecía estar concentrado, así que soltó al niño, quien siguió hacia la casa. Luego, él le siguió y se detuvo en la puerta.
—Espérese por favor.
Salió con un palo de escoba y lo hincó bien en la tierra, bajo la rueda hundida, como soporte.
—Ven —me miró
Corrí, alcancé el carro. Lo pude sacar del barro donde se hundía. Antes de alinearlo sobre el pavimento el señor dio la espalda y me despidió aleteando la mano sobre su cabeza, mirando todavía con el rabillo del ojo. Aceleré, gritando un gracias hasta mi casa. No me encontraba tan lejos, ya, pensé.
Es tarde, las horas más cansadas del día. Son las cuatro y media. Reconocí mi casa como es de esperar. Me senté rápidamente a la computadora ante la posibilidad de balancear todo lo que me acontece. Cuando uno espera, ansía sobre todo conocer las consecuencias del desorden que ofrece un acontecimiento así. Tan sólo desinteresarse en la solidez del momento.
El resto se me hizo fácil. Ansié un condicionamiento, la tierra, donde el ala no puede invertir a la tierra con el fin de elevar un mundo de vientos. Ese ritmo era mi vida, un registro de mis ideas, donde le asignaba nuevos maniquíes a cada una a medida que se me ocurrían y que las descartaba. Cargando con esa mezcla trágica que se seguía sumando, revisé todo mi correo electrónico. Lentamente fue ocurriéndoseme la idea de mandarle a uno de mis compañeros una vieja reacción que había anotado acerca de una súplica. La súplica involucraba a un hombre que iba a ser degollado en diez horas, hace diez días, por ser el sospechoso principal de un crimen que quedó sin pies ni cabeza. Siendo quien soy, le pasé de largo al crimen dada la idea que poblaba mis sienes, la de una reacción. Escribí esto que ahora le enviaré a un amigo: “La justicia parece tomar vuelo. Ya no encuentro nada en ella para mí”.
Cerré la ventanilla y vi que pude dividir el tiempo fácilmente entre cada noticia. No había ya mucho de qué hablar, había tantas. ¿Qué se hace cuando se menciona un caso, para ignorar los otros? No digo que no es posible. Se puede hacer de todo, incluyendo el notar una nueva sorpresa en tu cuerpo ante algo que se supone hayamos adoptado como nuestro hace mucho tiempo. Me conecté de nuevo y no vi ningún mensaje excepto el que me había mandado yo ahora mismo. ¿Y esto, que hay de nuevo en ello para mí? ¿Sería ceder a algo sin proceso, alguna suspensión de la reflexión?
Vamos antigua sabiduría, a dormir. No pasa de las seis de la tarde y es ahora que me doy cuenta de este lamentable desacuerdo del tiempo. Como es de esperar, me obligué a concederle certidumbre a su súplica. Si me dormía ahora, lo usual era que luego la caída del día retomara su posición en mí. Ya esto me reanimó lo suficiente como para descarrilar mi caminata desde la cama hacia la cocina. Si no dormía ahora, tenía que jugármelas con la comida. Algo me comí, pero el sueño me convenció de no prestarle más atención, lo suficiente como para ahora no renombrarlo. Noté la colcha del sofá al lado y no vi qué daño me podía hacer algo así, que ahora me reanimaba aún más. Enseguida quedé dormido.
Reconozco algo del sueño ahora que me levanto. Es preciso que haya visto ese desierto por algún lado, basta con que lo reconozca en algún área cualquiera, incluyendo cualquier programa de televisión. Reajusté tanto las tonalidades ahí que recuerdo haber añadido un recorrido cuadriculado del sol, anticipando la integración de nuevas ideas. Por consecuencia, brillaron muchas piedras, yo recogía algunas que se posicionaban de forma impresionante ante mis pies. Di en tirarlas cada vez que notaba que el saco estaba muy lleno. Las miraba de nuevo y las identificaba con piedras que ya no contaban con los artificios de un sueño. Reconstruí todo el paisaje nuevamente, de una ojeada, antes que me olvidara. Me topé con algo más. Era una corona alada, un yelmo, más bien, todo de bronce. Lo recogí y lo reinstalé en mi cabeza, sobreentendiendo que no lo hacía porque me considerara digno de él. Caminé un trayecto más así, donde ya el resto del paisaje no fue muy importante y éste mismo me exigía prisa nublándose cuando le miraba. Llegué, luego de rehusarme a mirar, a una empalizada de madera donde había unos soldados en vigilancia. Enseguida me colocaron las puntas de las lanzas en la espalda porque cometí el error de arrodillarme. Me preguntaron la razón por la cual tenía el yelmo y ahí fácilmente pude recuperar con claridad el atributo más simlple de esa acción de recogerlo del suelo. Lo cargaba por otro y asi lo dije de inmediato. Me lo coloqué luego en las manos y los soldados entendieron, y me pude elevar yo. Ahí terminó el sueño, su progreso contenido por una gran satisfacción que aún ahora me hincaba. Ahora... tengo que reconstruir todo lo que se desenvuelve entre estos dos espacios. ¿Cómo apreciarlo y cómo reconocer su llegada? Un sueño que suma actualidades sólo puede contraer todas las posibilidades en este espacio de una vez y por todas. Sólo presente, ahora, sin más opción que la de acumular más potencial. Y eso no debe abandonar el mundo de las sombras, ese sueño sólo debe criar al presente. Es común desvincularlo, alejarlo aún más por tener carácter de esas cosas que sólo suceden debido a uno, junto a uno y dentro de uno. Al fin y al cabo, uno lo puede recordar bien nada más por su estado desaprobado de recuerdo, donde sirve como memoria que no le sirve al mundo, memoria reconocida como otra.
El mundo de las sombras parece continuar por cuenta propia en otras cosas. En otras cosas, otros movimientos y sucesos, pero no se destacará el evento cuando una sombra sólo puede darle cobija mediante su estorbo visual, una cara quemada, irradiando hasta nosotros todo lo suyo. El mundo de las sombras, que impresiona con su llegada, como extraterrestre, pretendiendo conquistar al mundo diciéndonos a todos que nunca tuvo nada que ver con nosotros, pero que ahora podría ser nuestro y que ahora es que nos va a fortalecer él por su lado, siempre al otro lado del río. Mientras tanto nostros nos odiaremos por tener que atribuírnos nuestras diferencias, justo ahora y después de un período que sólo podemos recordar como bueno antes de cerrar las manos en inactividad mental. No, más bien es que las sombras no le juran lealtad a ningún tiempo, por tener que re-enfocar su objetivo, el irritar, el sorprender. Tomarnos con una llegada, siniestra, sí, pero siempre gloriosa. Y nosotros por nuestro lado miraremos el salto, mediremos la distancia entre lo que era antes y después y no saldrán metros, sino la convicción constante de que cualquier otra cosa fue siempre mejor a ésa.
Y ahora, nuevamente: el sueño. Porque luego seguiremos nosotros por nuestra cuenta caminando por un valle salpicado bajo nuestros pies por la brutalidad de nuestros ojos. Y esos ojos se atribuirán el orgullo de ser aurigas cerciorándose de algo que ya vieron. La puerta, ya la había abierto, y por eso me hallaba caminando hacia afuera.
¿Qué hay en todo esto, que exija tantas expectativas?
Un paseo no me fue mal. Ya pateaba las hojas como se suele hacer cuando se acurrucan por el camino. Crujieron muchas y después de un tiempo él asentó su tranquilidad sobre ellas. Todo se movía luego junto a sus pies, unos cuantos pasos a lo largo del camino. Casi todo se suavizaba bajo sus pies, y la memoria los tranquilizaba constantemente. Cayó en un ensimismamiento partícipe del cansancio espiritual. ¿Qué iba a decirles, qué podía producir él para las hojas del viento? Cómo podría extender esos viajes fugaces que lo cruzaban con hojas y empujones? Estuvo un tiempo conciente de este malestar y se durmió hasta confiar en sus piernas…
Así siguió caminando, ahora cumpliendo con esa tensión, suspendiéndola como se debe y haciendo muchas cosas como se debe con ella, cuando no se debe nada más. Pasó algo en lo alto, sobre sus ojos, muy fijo en su memoria y en su frente fruncida. Y él sólo podía imaginar un ala. Brotó entre cadenas de hojas y polvo de tierra, mientras el ambiente apocalíptico de toda una pintura se forjaba. Muchas ideas se cierran, independientemente de su promesa o dulzura, como el daño colateral que exige alguien que no se consideraba digno de nacer.
¿Y qué podía él hacer, cómo podía exigir un fin a ese cierre? No quería provocar el despido de tantos impulsos. Se palpaba a medida que lo interrumpía todo, tocándose la frente. Así pues, sólo se le podía exigir un último esfuerzo que suspendiera todo de un golpe. Pero nadie buscaba eso. Pero ahora se le ocurría provocar el colapso de un mundo ante el orgullo de su gloria. El resultado era una sustitución de pensamientos, todos inexplicables ante la forma en que se da lo inconcebible. La forma de un ala traspasa así el cerebro entre otras formas más, mientras aspira el polvo de la tierra lo acrecienta como montañas en sus pulmones.
Siguió caminando. Consideraba calles, pintadas de granos, brea y bloques, un cielo omnipresente que bajaba hasta sus sienes y como siempre, también consideró su persona. Luego vio al señor mayor sentado afuera. Había un balcón de ladrillos frente a él, junto a unas escaleras de madera plana. Le impresionaron todos los tropezones que tendría que darse con todos esos intermediarios antes de llegar a él. Un recuerdo antiguo le permitió subir. Nunca antes había querido ser amigo de un extraño así. Después de un tiempo, hasta los ladrillos parecieron amigables, lo animaron. Esto lo pudo considerar con alivio. Se acercó y deseó quedarse a esperar bajo el balcón, pero una corriente de frescura renovó toda la maquinaria de invasión que había ingeniado. Las palabras fueron: “Te invito a subir” y vinieron del viejo a quien miraba.
Rió y se preguntó qué más, pero siguió caminando por el camino que trazaba el señor mientras se daba la vuelta para meterse en la casa. Al rato el señor regresó con dos tazas de té. Se sentaron.
—Si es sobre el niño, déjeme decirle que sigue vivo gracias a usted.
La risa lo tentó, por no hacer nada más. Pero el viejo por su parte habló de nuevo.
—No se sorprenda, no es tan fácil matar, así como no es tan difícil pasar de la vida a la muerte.
—Eso lo pude haber dicho yo —pensé en voz alta.
—¿Cómo?
—No no, que ahora que lo oigo pensé decir lo mismo, pero antes.
—Oh.
Nunca se había alarmado el viejo, pero entonces ¿por qué pensé que no me entendió?
—Gracias —repitió. No, más bien lo dijo. Pero ahora: —pero es por reconocer las palabras, que conste. O sea, por aclararlas de nuevo.
—Oh. Las disculpas eran bien intencionadas, no pretendía alejarme de mi primera impresión.
El viejo se sentó mientras el ceño se perdió cruzado en la mirada.
—Repita eso, por favor, no me quiero perder nada.
Su mirada hacia el piso me desequilibró. Necesité mirar de nuevo las tablas de madera medieval por mi cuenta.
—Qué perturbador.
—Verdad que es extraordinario. Muy, muy sorprendente.
Silencio. Pero me apresuré después a predecir de una vez y por todas lo ocurrido. Primero él lo dijo, luego yo lo dije.
—¿También lo interrumpió la naturaleza?
—Lo reconoció entonces, como yo. Hablo ahora sobre cuando tuvo el desliz. Estaba totalmente consciente de la rapidez de los eventos, y de su organización tan precisa. Me refiero a que estuvo cerca de poder agarrarlos por la cola para detenerlos y recorrer toda esa distancia sobre ellos.
Esto parecía estirar lo que ya se había dado y seguía todavía dándose pero por su cuenta. Ahora, sin embargo, estaba lo suficientemente lúcido como para continuarlo. Pero tenía que iniciarse en nuevos caminos de atributos y de conocimientos. Tenía que quedar claro que la exclusión de esta realidad no era inminente, y que la urgencia del asunto tampoco requería reemplazarlo todo.
Y ahora miré al viejo muy de cerca y pensé resumirlo todo en ese ambiente. Muy bien.
—¿Cómo te llamas? —Silencié mi interior así.
Mientras lo replaneaba todo de una vez en mi cabeza no pude concebir una respuesta. Pero él por su parte, continuó.
—Alejandro —dijo.
Y siguió:
—Para colmo quiero conmemorar todo un historial de deseo con esta repetición. Toma lo que te he permitido escuchar sin que esta transgresión banal sobre la repetición te anime a cambiar la conversación. Lo recuerdo todo, las disculpas eran bien intencionadas, no tenía intención de alejarme de mi primera impresión. Me permite mucho eso. Y te cito muchas veces añadiendo esto ahora para que sea nuevo. Lo que se da ahora es el placer de poder apremiar con importancia la reacción humana ante el mundo.
—Te quedaste callado, —pude decir.
Ya no llegaban ni sonidos ni imágenes y me dolía la cabeza de sólo ver eso. Me levanté y mis ojos rodaron de eje a eje inmediatamente para ajustar los puntitos en la pupila.
—Ah, malditos puntos ciegos —dije.
Alejandro sonrió y se inclinó. Miró luego los árboles frente al entablado de su balcón. Pero el también buscaba el fuego, algo que pude ver en el comportamiento de los árboles.
—Caminar disipa todo ese malestar. Lo verás pasar así por los lados —dijo sonriendo, mientras balanceaba sus brazos hipnóticamente ante sí.
—¿Por todos los lados? —pregunté. Tenía ganas de aventurarme. Por su lado, desató todos los nudos de mi garganta rápidamente con un “no” que azuzó mi espera aún más. Tragué saliva por no haber podido tragarme mi idea. Se veía muy viejo.
—Sólo míralo irse, que siempre se asienta —dijo de una vez por todas al yo no teminar de buscar la vuelta a sus palabras. Se fatigaba.
—Perdón por transferirte toda la carga. —Me ofendí por la ofensa que no pude ver jamás en él. Tuvo que dominar su cuerpo, que se le adelantaba a la mente, despertando todos sus dolores. Su sobriedad le exigía más competencia al cuerpo, ese triste consejero que te dice que estás realmente mal al final, y que lo debes cuidar más que a cualquier otra cosa.
—No, no. No fuiste tú, fui yo, de nuevo reconectándolo todo a la conciencia. —Se aseguró de añadir como final: —No sé, mantente siempre a mi paso, que tienes que estar conmigo, vigilándome.”
—Ja —sonreí de forma áspera.
—No, de veras —renunció fuertemente. —No vaya a ser que me lleve a mí mismo de por medio pateando todas las hojas.
—No se inquiete —le pude confesar después de pensar bien sus palabras. Estaré con usted siempre.
Me sonrió, ya tropezándose, tan rápido. Pero la vergüenza que lo sorprendió ya era muy rápida.
—Es usted muy amable.
Y con esto le tembló la boca: —Aquí en mi vida todo es duro, se puede decir con... travesura. ¡Qué riesgo desventurado!
—¿Allá? —Bromeé. Viéndolo postrar su doblegada vejez sobre un tambaleo de ramas. No me podía mover, odiosamente. Mi pregunta aceptó su estado y ahora esperaría a que llegara su respuesta.
Abrió la boca. Pero el viento se encaminó por sus labios. ¿Qué si hasta por las mismas palabras?
—Todavía tiene buen pulso —consentí a su silencio.
La caminata sucedió después. Era un día tormentoso, donde las escobas árboles barrían el polvo de esa antigua bóveda del cielo. La tierra soplaba en su rumbo.
Ahora el banco bajo nosotros, sí, aunque fuese media hora después, todavía se hundía bajo la maravillosa presencia de un campo visual celestial, con maderos robando despacio en toda el recorrido de lo que era capaz de caber dentro de nuestros ojos. Intenté darle un vistazo al recorrido pero siempre me decía algo más.
—Devuélvete —fue lo que dije en cambio.
Pero no lo imaginaba. No era mi trabajo y sin embargo seguían los pinos malditos, y el pasto, preparados para más de eso.
Se fue corriendo. Y todos parecieron siempre alentarlo a eso, a un abandono. Y el mundo siempre alerta e indeciso, tan y tan cauteloso. Y el odio siempre lo pudo ver con él, el odio al reconocer su poder de descubrir todo lo que necesitaba la gente. De confesárselo a sí mismo. ¿Pero como podía no odiarlos por su cuenta, por él? ¿Cómo podía pretender tanto, hasta allí?
Me detuve. Un estallido de aguas y ventoleras se originó entre los cortos circuitos de las hojas. La arenilla se esparció toda a partir de un punto antiguo, a partir de todas las pilas de hojas. Yo entre tanto seguía parado, entre más tallos, hundiéndolo todo por buscar un espacio de consistencia. La tierra era fértil, agusanada, con los seres más antiguos que se pueden encontrar por doquier aguardando ese momento. Uno de los insectos encontró mi pierna, pero ya había más que ubicaban mis hombros y cuello cuando intenté alejarme. La vida me advertía que me presentaba por última vez a Alejandro, pero había algo más.
Mi casa no era nada, y allí seguía yo sobre mis dos piernas cuando llegué al espacio abierto que se podía rehabitar. Me monté en el carro y lo que sucedió fue lo siguiente. Que no es un fin, que es una continuidad. Porque ¿qué fin se puede dar a la riesgosa idea de concebir mal hasta el punto de atribuírselo al origen de cada imagen que presenciamos?
Seguí afirmando pensamientos y repitiéndolos en lo que duró el resto del viaje. Entre tanto, no pude encontrar otro valle que me abriera el paso tal y como ése lo logró en pocos minutos. Trocitos de luz perdida ahora rastreaban la dirección de su origen por la brea rápida de mi rumbo y solo podía ver esa versión del paisaje. Me detuve varias veces en el mundo abrupto, dándole un nuevo lugar a las emociones, sobrevivientes de ese debris mental que me acosaba hasta el presente immediato de las ruedas del carro.
Te conjuro, mundo, y esta será la primera vez en que te podré concluir. Los árboles se quedaban mirando, locos por fin, ahora. Sonaron disparos en el aire y en el proceso de odiar varios agujeros reformaron la tierra y el ozono. Todo porque la gente ya era inmortal, porque había que abrirle paso al fin de un mundo. A mi izquierda varios disparos más, mientras me inclinaba en la carrera viendo el campo doblarse ante mí en son de burla. Pronto también me abrieron las lágrimas. Qué horrible que me distrajeran. Veía la grama alta poblar en hileras los bordes de mis ojos, quebrándose a medida que mi partida se hacía más inestable. Los changos me sorprendieron volando sobre mis pies, volando fuera de las corrientes de aire. Un ala más partió de mi cabeza, partiéndola, desprevenida de la desconexión del mundo. A medida que salía despedida hacia el exterior de esta esfera lijada, se desenvolvía y desplumaba, menguando toda la pintura blanca fuera de sí misma.
Lo miré todo y todavía no pude. Todo. Porque no eres tú. Las sombras, en cambio, se acordaron de ellas mismas. Eso era territorio explorado. Y no había podido encontrar nadie otro valle que le abriera paso tal y como ése lo hizo. Ya cuando mi abstracción se servía de todo, esperándolo todo de todo. Un bien externo sobre mi mal externo.
¿Pero qué eran estos vientos, estos...don aires? Que ahora venían como rumores sin pies ni cabeza, dándose el don de la omnipresencia. ¿Cómo era posible que lo cubrieran todo, rompiendo toda la cooperación de un mundo fértil? ¿Qué es lo anormal que hace que todo lo cruel se internalice mientras sigue sugiriendo anacronía y desacuerdo? Tierra, germina en ti… por vez primera para mí, por vez siempre para ti. Esos rumores ajenos se reclaman partidarios de nuestras bocas y no sé cómo, pero se vieron desde siempre entre nuestras manías, y desafortunado fue el día en que se pudieron idear entre nuestros pequeños trazos de tinta.
¿Cómo podemos renegar de algo que, lamentablemente, creemos digno de nosotros en un principio? Un principio que ahora ni siquiera debe concebirse como el paridor de este final. Un principio que fue solo la continuidad de algo más. ¿Por qué, en la sombra, no podemos aceptar mejor el deseo de lo bueno que la súplica a la desgracia? ¿Qué sismo ocurrió entre ellas, que antes el sol provocaba una sombra ante nosotros? Antes se le debió sumar a la idea del odio la idea de la renuncia a él.
Pero de ahí también vino el ala. Y por más que sobrepasara, en mi actitud de engaño, ese momento, preciso o accidental, digo que pude ver cómo cabía la posibilidad. La posibilidad del momento, del mundo, del ingenio de una mente agotada, pero efervescente. De ahí el mundo partiría ahora y así vería toda la transfomación. No sé nada ahora, pero puedo ver muchos detalles partir inregistrados. La luna ejercía su gravedad y yo predecía su dolor inmenso. La tierra ya se está levantando a partir de lo otro que veía formarse bajo ella. A pesar de ello. Porque su mole protegía toda una encrucijada de indefinibilidad. A pesar de ello.
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