martes, 17 de mayo de 2011

Electrocución
Contaminación lumínica violenta el horizonte. La carne filtra ángulos agudos y esquinas cambiantes. Intersecciones regidas por semáforos desincronizados, la metrópolis creciente compuesta de accidentes. Espacios incorregibles que seccionan al habitante, saturándolo de parálisis. Se desatan ciudades de acueductos y plomería, carente de paredones. La estructura, un voladizo sujeto por cargas de viento. Se disloca el eje de gravedad.

Las células recomponen músculos desorbitados. Un nervio no conecta al entramado deslumbrante. En la huída, su huella es perturbada por la danza del fuego, le muerde los talones pero se distrae con carros veloces. Extraigo una espada de la roca y corto el gran alambre.

viernes, 13 de mayo de 2011

Adentrada la noche

Adentrada la noche, reuní suficientes fuerzas para apagar las luces. La oscuridad allanó mis ventanas, mutilándolas a tal grado que ahora lucen como el muro. Por alguna parte andarán perdidas, abiertas aún de par en par. Ya mediarán con el lado externo con el cual colindan. O tal vez hacen de la intemperie entraña, difícil de extirpar. Corté la cama con medio cuerpo, rindiendo lo suspenso ante el agotamiento. ¿Divisarán tierra inexplorada mientras me entrego a la cama? Posiblemente, pues me he entregado a medias, sin poder hacer nada al respecto. Las piernas no pueden corregir su paso si le provees aire como superficie. Pero las piernas buscan roca, y sus caminos no coincidirían cuando ya la ventana no anda sobre loza vertical. Se ha acostado sobre el horizonte. O se entiende cimiento de la oscuridad, o portal al infierno...o mira al firmamento, reconociendo a ese único punto de fuga de jerarquía indiscutible. ¿Cuán bien apagué las luces? ¡Cuan bien apagué las luces! He llegado muy lejos con esta pregunta. El progresivo corte de circulaciones confirma la llegada de dimensiones a la comodidad de mi cama. Ando, malparado, por un reducido circuito sanguíneo que me induce en un alarmante estado de alucinación, llevándome lo suficientemente lejos como para "pensar" que unas luces pueden apagar a medias. La infiltración de agentes externos siempre olerá a gato encerrado. Se puede exponer a los agentes del Descubierto por su distintivo holor a gato encerrado. La luna interviene desde distancias, ahora inimaginables, ahora que fundí mi luz. ¿Pero por dónde se infiltran, sin disponer de ventanas? Mi disposición a acostarme no fijó la posición de las ventanas. Por dónde se filtrará la luz sin ayuda de las ventanas? ¿Habrá alguna grieta en mi caja, habrá perdido un tornillo? ¿Tendré que clavar estacas en el próximo huracán? Las (pocas) luces ajenas relamen las grietas en registros bajos, reforzándolas con vacío. Enceguecido, recurro al origen y me arrojo al espacio, sin luces, tras el canto del gallo.

lunes, 9 de mayo de 2011

Al carajo con la escritura

Mis palabras están malditas y todo lo que digo se convierte en un problema. Maldita sea la escritura.

Con los pies en la Tierra



Son unos dibujos bastante viejos, ya cuentan con un año de edad y pertenecen a una serie que pienso continuar cuando tenga más tiempo, titulada "Con los pies en la Tierra"

martes, 3 de mayo de 2011

Lazos Rotos

Se enriza el cabo de una soga recién cortada que anunció su retracción con el quiebre de tensiones. La espina se discipa sobre el horizonte mediante un brote de alas. Mientras, la vista incoporpora el eje vacante en la búsqueda de un polo y la evasión de lo estrellado. La oscuridad que desplazas, robándole el puesto, emigra al firmamento. El blanco acoge en su canvas desertores, puntos en fuga, sumido en perspectivas. La batalla expone los grises de entremedio. Las paredes te cobran altura para reducirse a techo, tu caída lo conmemora erigiendo un sumidero. Tu aproximación al origen te otorga cualidades de base. La luz recluta tu vista en un último esfuerzo, ya ajeno.

jueves, 17 de febrero de 2011

El Yunque

Adentrada en el Yunque se encuentra una chimenea, seguida por un techo y cuatro postes. De su loza extrae peldaños que le ofrece al pie paseante. Qué extraño que exclamemos "tierra firme" tras forjar artificios que se acoplen a nuestro paso. Tallamos espigas y las derrumbamos para prolongar nuestro naufragio. Un hito derrotado que por no extender/prolongar nuestra mirada, se arroja ante nuestro paso. Pedazo de tierra expuesta que de mirarla petrificamos. Descarrilan nuestro rumbo por amoldarse a nuestra huella, señalando a diestra y siniestra, mientras les pateamos el costado. En recorrido vertical descubrimos otro suelo, que expuesto ante la vista, se libra de cimientos.

Sobre el piso reposamos dándole cabida al techo. Sobre el suelo suspendidos, convivimos, desiguales. Los puntos cardinales, a toda vista, quedan emparedados entre tapa y tapa. El panorama, sorprendido en su desnudez, se sonroja primero para entonces ocultarse. El sol se nivela con la tierra y, como pares, acuerdan no mirarse. Sin luz a la cual oponerse, la cegera cobra...sentido. Se aviva el ingenio y abrasamos el fuego. En un gesto de protesta, la gran sevlva dirige sus sus extremidades a las entrañas inflamadas La combustión ilumina caras dispuestas a discutir la imposibilidad del fénix y la necesidad de cerrar el ojo antes de que soplen las cenizas.

jueves, 10 de febrero de 2011

Casa

Casa rústica

El único sobreviviente del tránsito del viento había sido el marco de la puerta. Las ventanas sufrieron sobreuso y el muro se reapoderó de ellas. Se definió el volumen mediante su ceguera, declarando el exterior residual. El paisaje evitó su exterminio apellidándose Mural y lo salvó el hecho de estar en minoría y no llamarse Trampantoja. Era aquí donde las paredes se agazapaban en la expectativa del próximo espacio, asomándose sobre el marco como si se tratara de un mirador. Ya sobre el marco, sudaban brochazos y la tensión les desgranaba. Todo anclaje que conjuraran a su favor sería despeinado por el vuelo de la puerta

A la puerta siempre se le quiso fuera por su capacidad de ocupar distintos grados de espacio según se movía. Su rotación no controlaba tanto el tránsito como el acceso visual que se pudiese tener de su superficie, encausando la vista con sus márgenes fugados. Pero pronto nada de esto bastó: de un portazo selló un pacto entre muros, dejando atrás cualquier postura e inclinación mediadora, excluyendo hasta la más mísera ranura de luz. De la insistenca de los muros hizo una audiencia y del esapcio en el cual le suspendían, una tarima. Se entendió telón y enmarcó su huída, sirviéndose del eje para maniobrar su salida. Al final transó con el paisaje y se fue de su lado pero ocupando el menor espacio: en un ángulo de 90. Su procedencia, sin embargo, era rastreable mediante los goznes, y como nunca tuvo los pies en la tierra, su conversión fue difícil de creer.

Para el marco, la pared pesaba como muerto, pero el paisaje pataleaba. Lo que pudo ser cotidiano de estar aislado y mejor distribuido, resultaba ahora extraordinario en dosis concentrada. Los acontecimientos que en un principio se integraron al volumen sin esperar ser vistos ahora desfilaban frente a este en su afán de exhibir su verosimilitud. El diario vivir echaba raíces ante el oscuro asomo de un interior, y su conjunto y extensión conformaba un sólido que obstruía el tránsito. Los palomos cedían al contacto directo con la tierra en su adopción del nuevo ventanal. El sobrante se iba al umbral, desde el cual cagaban más de la cuenta para hacerse visibles bombardeando la tierra. De su estiércol se nutrió toda una generación de vacíos que hacinaron la entrada y la fatigaron con desuso. Finalmente uno de los palomos murió de viejo, algo que, aunque suponemos, nunca hemos visto, ya sea porque se da o en vuelo, o en rama. Su caída encubre todo rastro de paz con un quiebre de huesos. Por desafiar la gravedad, una muerte heróica para el animal.

Pronto el sol desarrolló la mala costumbre de repasar las maderas muertas, como quien le mira el colmillo a caballo regalado. Su prisa moldeó las criaturas más simples para que se encargaran de un marrón que, ni enverdecía, ni se incorporaba al barro.

Cuenta tuvo que haberse dado el anfitrión, quien funcionó para el rectángulo como su hombre de Vitruvio, proveyéndole a la débil geometría estructura adicional con la cual tachar el asomo de Sol. No bastaba tapar el cielo con la mano; sus brazos lo quebraron, siguiendo de largo hasta el verdadero agarre, en la formación de un triángulo que nunca sería perfecto debido a la presencia de la cabeza. Los tres triángulos restantes productos de la “X” acentuaron el barro, haciendo tanto hincapié mediante la repetición como las piernas que los parieron.

Fue conmoción lo que lo inclinó a tomar postura frente a la deficiencia de su casa. La gravedad se sintió en casa, distribuyó las cargas e hizo suelo, cimentándose sobre el acogedor gesto del anfitrión. El espacio se contuvo como el dueño no lo hizo, declarando al exterior residual y haciendo de él un huésped por prescindir del anfitrión. La caja negra proyectó visión hacia la intemperie, en determinada oposición al rayo solar. Un cubo extrovertido por su impenetrabilidad. Como vigía de la guarida, se autoexcluyó. Su descontextualización lo hacía desentrañable en un entorno que lo integró. Desubicado, pero inextraviable. Su remoción, inconcebible y la consecuencia, letal. Entregándose a lo cotidiano, anuló la auto-contención.