Adentrada en el Yunque se encuentra una chimenea, seguida por un techo y cuatro postes. De su loza extrae peldaños que le ofrece al pie paseante. Qué extraño que exclamemos "tierra firme" tras forjar artificios que se acoplen a nuestro paso. Tallamos espigas y las derrumbamos para prolongar nuestro naufragio. Un hito derrotado que por no extender/prolongar nuestra mirada, se arroja ante nuestro paso. Pedazo de tierra expuesta que de mirarla petrificamos. Descarrilan nuestro rumbo por amoldarse a nuestra huella, señalando a diestra y siniestra, mientras les pateamos el costado. En recorrido vertical descubrimos otro suelo, que expuesto ante la vista, se libra de cimientos.
Sobre el piso reposamos dándole cabida al techo. Sobre el suelo suspendidos, convivimos, desiguales. Los puntos cardinales, a toda vista, quedan emparedados entre tapa y tapa. El panorama, sorprendido en su desnudez, se sonroja primero para entonces ocultarse. El sol se nivela con la tierra y, como pares, acuerdan no mirarse. Sin luz a la cual oponerse, la cegera cobra...sentido. Se aviva el ingenio y abrasamos el fuego. En un gesto de protesta, la gran sevlva dirige sus sus extremidades a las entrañas inflamadas La combustión ilumina caras dispuestas a discutir la imposibilidad del fénix y la necesidad de cerrar el ojo antes de que soplen las cenizas.
jueves, 17 de febrero de 2011
jueves, 10 de febrero de 2011
Casa
Casa rústica
El único sobreviviente del tránsito del viento había sido el marco de la puerta. Las ventanas sufrieron sobreuso y el muro se reapoderó de ellas. Se definió el volumen mediante su ceguera, declarando el exterior residual. El paisaje evitó su exterminio apellidándose Mural y lo salvó el hecho de estar en minoría y no llamarse Trampantoja. Era aquí donde las paredes se agazapaban en la expectativa del próximo espacio, asomándose sobre el marco como si se tratara de un mirador. Ya sobre el marco, sudaban brochazos y la tensión les desgranaba. Todo anclaje que conjuraran a su favor sería despeinado por el vuelo de la puerta
A la puerta siempre se le quiso fuera por su capacidad de ocupar distintos grados de espacio según se movía. Su rotación no controlaba tanto el tránsito como el acceso visual que se pudiese tener de su superficie, encausando la vista con sus márgenes fugados. Pero pronto nada de esto bastó: de un portazo selló un pacto entre muros, dejando atrás cualquier postura e inclinación mediadora, excluyendo hasta la más mísera ranura de luz. De la insistenca de los muros hizo una audiencia y del esapcio en el cual le suspendían, una tarima. Se entendió telón y enmarcó su huída, sirviéndose del eje para maniobrar su salida. Al final transó con el paisaje y se fue de su lado pero ocupando el menor espacio: en un ángulo de 90. Su procedencia, sin embargo, era rastreable mediante los goznes, y como nunca tuvo los pies en la tierra, su conversión fue difícil de creer.
Para el marco, la pared pesaba como muerto, pero el paisaje pataleaba. Lo que pudo ser cotidiano de estar aislado y mejor distribuido, resultaba ahora extraordinario en dosis concentrada. Los acontecimientos que en un principio se integraron al volumen sin esperar ser vistos ahora desfilaban frente a este en su afán de exhibir su verosimilitud. El diario vivir echaba raíces ante el oscuro asomo de un interior, y su conjunto y extensión conformaba un sólido que obstruía el tránsito. Los palomos cedían al contacto directo con la tierra en su adopción del nuevo ventanal. El sobrante se iba al umbral, desde el cual cagaban más de la cuenta para hacerse visibles bombardeando la tierra. De su estiércol se nutrió toda una generación de vacíos que hacinaron la entrada y la fatigaron con desuso. Finalmente uno de los palomos murió de viejo, algo que, aunque suponemos, nunca hemos visto, ya sea porque se da o en vuelo, o en rama. Su caída encubre todo rastro de paz con un quiebre de huesos. Por desafiar la gravedad, una muerte heróica para el animal.
Pronto el sol desarrolló la mala costumbre de repasar las maderas muertas, como quien le mira el colmillo a caballo regalado. Su prisa moldeó las criaturas más simples para que se encargaran de un marrón que, ni enverdecía, ni se incorporaba al barro.
Cuenta tuvo que haberse dado el anfitrión, quien funcionó para el rectángulo como su hombre de Vitruvio, proveyéndole a la débil geometría estructura adicional con la cual tachar el asomo de Sol. No bastaba tapar el cielo con la mano; sus brazos lo quebraron, siguiendo de largo hasta el verdadero agarre, en la formación de un triángulo que nunca sería perfecto debido a la presencia de la cabeza. Los tres triángulos restantes productos de la “X” acentuaron el barro, haciendo tanto hincapié mediante la repetición como las piernas que los parieron.
Fue conmoción lo que lo inclinó a tomar postura frente a la deficiencia de su casa. La gravedad se sintió en casa, distribuyó las cargas e hizo suelo, cimentándose sobre el acogedor gesto del anfitrión. El espacio se contuvo como el dueño no lo hizo, declarando al exterior residual y haciendo de él un huésped por prescindir del anfitrión. La caja negra proyectó visión hacia la intemperie, en determinada oposición al rayo solar. Un cubo extrovertido por su impenetrabilidad. Como vigía de la guarida, se autoexcluyó. Su descontextualización lo hacía desentrañable en un entorno que lo integró. Desubicado, pero inextraviable. Su remoción, inconcebible y la consecuencia, letal. Entregándose a lo cotidiano, anuló la auto-contención.
El único sobreviviente del tránsito del viento había sido el marco de la puerta. Las ventanas sufrieron sobreuso y el muro se reapoderó de ellas. Se definió el volumen mediante su ceguera, declarando el exterior residual. El paisaje evitó su exterminio apellidándose Mural y lo salvó el hecho de estar en minoría y no llamarse Trampantoja. Era aquí donde las paredes se agazapaban en la expectativa del próximo espacio, asomándose sobre el marco como si se tratara de un mirador. Ya sobre el marco, sudaban brochazos y la tensión les desgranaba. Todo anclaje que conjuraran a su favor sería despeinado por el vuelo de la puerta
A la puerta siempre se le quiso fuera por su capacidad de ocupar distintos grados de espacio según se movía. Su rotación no controlaba tanto el tránsito como el acceso visual que se pudiese tener de su superficie, encausando la vista con sus márgenes fugados. Pero pronto nada de esto bastó: de un portazo selló un pacto entre muros, dejando atrás cualquier postura e inclinación mediadora, excluyendo hasta la más mísera ranura de luz. De la insistenca de los muros hizo una audiencia y del esapcio en el cual le suspendían, una tarima. Se entendió telón y enmarcó su huída, sirviéndose del eje para maniobrar su salida. Al final transó con el paisaje y se fue de su lado pero ocupando el menor espacio: en un ángulo de 90. Su procedencia, sin embargo, era rastreable mediante los goznes, y como nunca tuvo los pies en la tierra, su conversión fue difícil de creer.
Para el marco, la pared pesaba como muerto, pero el paisaje pataleaba. Lo que pudo ser cotidiano de estar aislado y mejor distribuido, resultaba ahora extraordinario en dosis concentrada. Los acontecimientos que en un principio se integraron al volumen sin esperar ser vistos ahora desfilaban frente a este en su afán de exhibir su verosimilitud. El diario vivir echaba raíces ante el oscuro asomo de un interior, y su conjunto y extensión conformaba un sólido que obstruía el tránsito. Los palomos cedían al contacto directo con la tierra en su adopción del nuevo ventanal. El sobrante se iba al umbral, desde el cual cagaban más de la cuenta para hacerse visibles bombardeando la tierra. De su estiércol se nutrió toda una generación de vacíos que hacinaron la entrada y la fatigaron con desuso. Finalmente uno de los palomos murió de viejo, algo que, aunque suponemos, nunca hemos visto, ya sea porque se da o en vuelo, o en rama. Su caída encubre todo rastro de paz con un quiebre de huesos. Por desafiar la gravedad, una muerte heróica para el animal.
Pronto el sol desarrolló la mala costumbre de repasar las maderas muertas, como quien le mira el colmillo a caballo regalado. Su prisa moldeó las criaturas más simples para que se encargaran de un marrón que, ni enverdecía, ni se incorporaba al barro.
Cuenta tuvo que haberse dado el anfitrión, quien funcionó para el rectángulo como su hombre de Vitruvio, proveyéndole a la débil geometría estructura adicional con la cual tachar el asomo de Sol. No bastaba tapar el cielo con la mano; sus brazos lo quebraron, siguiendo de largo hasta el verdadero agarre, en la formación de un triángulo que nunca sería perfecto debido a la presencia de la cabeza. Los tres triángulos restantes productos de la “X” acentuaron el barro, haciendo tanto hincapié mediante la repetición como las piernas que los parieron.
Fue conmoción lo que lo inclinó a tomar postura frente a la deficiencia de su casa. La gravedad se sintió en casa, distribuyó las cargas e hizo suelo, cimentándose sobre el acogedor gesto del anfitrión. El espacio se contuvo como el dueño no lo hizo, declarando al exterior residual y haciendo de él un huésped por prescindir del anfitrión. La caja negra proyectó visión hacia la intemperie, en determinada oposición al rayo solar. Un cubo extrovertido por su impenetrabilidad. Como vigía de la guarida, se autoexcluyó. Su descontextualización lo hacía desentrañable en un entorno que lo integró. Desubicado, pero inextraviable. Su remoción, inconcebible y la consecuencia, letal. Entregándose a lo cotidiano, anuló la auto-contención.
domingo, 6 de febrero de 2011
Ruina II
Si para los muertos construimos espacios nuevos que ocultan su deterioro, es sólo lógico que los vivos perduremos en la ruina que expone nuestro pulso. La ruina se habita sin lucir tomada, y sólo los perros logran marcarla sin habitarla. La intemperie es el anfitrión y lo hace presente con su ausencia. Se yace en ellas sin que fechen la noche y sin llamar tu nombre. El techo se aligera aún mientras reposas, por no pesar como la lápida. Se quiebra ante la idea, se retira. La mañana en complicidad oculta sus esfuerzos, haciéndote frente sin necesidad de ventanas. Se asoma tras el cuerpo se inclina sobre el tuyo. Nos dispersamos rojos en las afueras para, al cabo de las horas, secarnos.
sábado, 5 de febrero de 2011
Parpadeo
El parpadeo: la autexlusión interrumpida, la edición constante de una imagen desvaneciente, la ingresión paulatina en el revelado de una imagen, Un combustible extraído de la superficie terrestre para estimular la progresión de imágenes inconsecuentes. Cuando quieres ceguera solo basta abrir los ojos para que un momento de claridad convoque nubes a su favor. Mantenga los ojos abiertos para conducir la imagen al desespero y atestiguar lo nunca antes visto: la autocombustión. En su retirada, hará de tus ojos pleyeras. Solo de esa forma es que podrá controlar el espectáculo. Finalmente, cuando despaches a los ojos, dejarán un rastro rojo en la oscuridad, medio que, pese a su ausencia, te permitirá encontrarlos.
domingo, 30 de enero de 2011
Ruina
La casa novata celebra sus cimientos con la proyección de un doble que se encarga de la magia. Su acto principal es proveer "techo". a todo el que lo bautize. La función se da seis días a la semana, pero el séptimo ya nada trabaja. La casa novata sostiene bóvedas sin que alcancen celestes, regalándole sombreros a las dudas que se asoman en búsqueda del sol y diciéndoles que se lo agradecerán el día del diluvio. La casa novata raciona las sombras entre los muros que sostiene según los días que les echa.
La ruina se reinventa en retirada, agachando su techo hasta el suelo, aunque prive a sus pies de sombra. Repara con vistas su interior ignorado, pagando con pieles los focos que a diario le rinden el sol y la luna. Las escrituras de la tierra están libres de pretextos, disponiéndo de herramientas provistas por un Futuro que, en contrato anciano donó su tiempo y sus portales, proveyéndole a la tierra mundana ese don imperdonable de materializarse de la nada. En vano ruina acude a un paisaje inalcanzable para tapiar sus accesos y reforzar su encuadre. Abre sus ventanas bocabajo para no encarar vándalos que le dejen los ojos morados y la hagan ver las estrellas. Hace de su pared un poro para no retener más al tiempo, quien en prolongada estadía, se ha sentido muy en casa. Los chicos estiraron sus pies más allá de sus cobijas y dejaron de pisarle sus pies en los bailes. Se colaron goteras que le arrancaron las pinturas y barrieron con el desvanecimiento de las huellas.
La ruina se reinventa en retirada, agachando su techo hasta el suelo, aunque prive a sus pies de sombra. Repara con vistas su interior ignorado, pagando con pieles los focos que a diario le rinden el sol y la luna. Las escrituras de la tierra están libres de pretextos, disponiéndo de herramientas provistas por un Futuro que, en contrato anciano donó su tiempo y sus portales, proveyéndole a la tierra mundana ese don imperdonable de materializarse de la nada. En vano ruina acude a un paisaje inalcanzable para tapiar sus accesos y reforzar su encuadre. Abre sus ventanas bocabajo para no encarar vándalos que le dejen los ojos morados y la hagan ver las estrellas. Hace de su pared un poro para no retener más al tiempo, quien en prolongada estadía, se ha sentido muy en casa. Los chicos estiraron sus pies más allá de sus cobijas y dejaron de pisarle sus pies en los bailes. Se colaron goteras que le arrancaron las pinturas y barrieron con el desvanecimiento de las huellas.
domingo, 23 de enero de 2011
Casa de perro
Tras el regreso de mi perro pregunté en las afueras por una casita perdida. Aunque no ofrecí descripciones que facilitaran la búsqueda, sabía que hacía de mi casa un espacio inhóspito. Encontramos una casita que, aunque plástica, emulaba maderas y un techo de tejas. Su efectividad se amparaba del intento, más que del cumplimiento de mis expectativas. De la aproximación y la disminución de la distancia, más que de la localización de mis exigencias. Pronto otros factores inimaginables pero en absoluto mágicos invadieron y se instalaron en mi raciocinio, tales como el que yo, a mi edad, la pudiese levantar. A mi perro nunca buscó convencer, y hasta el día de hoy ni las yerbas la habitan. A todo esto, ¿en dónde residía el problema?
Esperanzas
¿Por qué es que las esperanzas están tan determinadas a desgastarse ante la luz artificial? Cuando más abundan es cuando yacen muertas. Por qué añoran la ceguera tras surgir de la oscuridad? Hojas verdes crecidas en ascenso desproporcional. Tras sus cuerpos incendiados no hay sombras que proyectar. Si apago la luz para salvarlas, se esfuman. Mejor es no verlas y saberlas distanciadas, a tenerlas quietas bajo un bombillo. Vendo esperanzas a montón por chavo, recalentadas pero no reanimadas. Más que muertas, regurgitadas, por el bombillo engañoso que las consumió. La luz solar las resguarda entre sus hojas, como a todo otro retollo. Las acostumbra a su presencia robándose calor en sus primeras horas. La bombilla ennegrece la noche y auyenta el recuerdo del sol. Dispone de muros para simular su alcanze y de un techo para engrandecerse.
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